Si pulsa en este gadget estará colaborando con la Asociación de Blogueros con el Papa. ¡Gracias!

SANTA TERSA DA A SAN JOSÉ EL CAPÍTULO 6 DE LA VIDA (II)


La bondad paternal de san José.

            Doctrinalmente santa Teresa condesa en dos páginas autobiográficas, cuando escribe este capítulo, la doctrina que los predicadores de la época y los tratadistas explican con muchas hojas, con la ventaja de que las suyas son la exposición de unas vivencias espirituales muy hondas y comprensivas.
            Dado el momento vital y espiritual que está viviendo la santa y en el que relee la historia de la salvación de su alma, lo que embarga su espíritu es la bondad paternal  y el pode singular de san José para ayudar en todas las necesidades, Cuando la Santa redacta este capítulo ha experimentado ya la mano paternal y poderosísima  de san José en momentos cruciales de su vida y de su obra de fundadora: curación milagrosa, fundación del convento de san José, liberación de los peligros del alma y ayuda en momentos de duras pruebas… y todavía le quedan muchos años de vida en los que la bondad de San José se va a ir dejando sentir palpablemente. Escribe el libro de la Vida en el 1565.
            Santa Teresa no tiene referencias ni hace reflexiones sobre la bondad  de san José, como lo hace de la bondad de Dios Padre en el Camino, exponiendo la invocación  de la oración del Padre nuestro; sencillamente llama a san José Padre, Padre mío: :este padre y señor (V 6,6),mi verdadero padre y  señor (V 33,11), mi glorioso padre y señor san José (F, prol 5), glorioso padre mío san José (V 30,7), mi padre glorioso san José (V 36,6), mi padre san José (V 33,14; 36,11), el glorioso padre nuestro san José (V 36,5). ¿Nos damos cuenta de toda la carga de amor, de bondad, de ternura que encierran estas palabras, referidas  al santo Patriarca, como expresión de la  experiencias josefinas de la Santa?.
            Hay que añadir aquí lo que ella afirma de su padre, de su gran piedad y caridad (V 1,2), del tan demasiado amor que mi padre me tenía (V 2,7) que faltarme él, era faltarme todo bien y regalo y se me arrancaba el alma, cuando le veía morir porque le quería mucho (V 7,14); con la añadidura de unas experiencias de amor y bondad por parte del padre que hacen más  bellos y sentidos estos valores, como cuando la lleva a las Agustinas de Gracia de la ciudad para librarle de los peligros de alma  en que encontraba. En la enfermedad que se le presentó no mucho tiempo después de entrar en al Encarnación, con todo cuidado  de mi regalo mi padre y mi hermana me llevaron a casa de esta en Catellanos de la Cañada y después de tres  meses con grandísimos trabajos. Su padre volvió a traerla, la trataron médicos y la cosa iba de mal  a peor; de abril a la Asunción de la Virgen duró la enfermedad, los últimos meses con dolores  incomportables que día ni noche ningún sosiego podía tener y como la  cura era más  recia de lo que pedía mi complexión, degeneró en un paroxismo que duró cuatro días. Todos la deban por muerta (en el convento de la Encarnación ya habían abierto la sepultura) sino era su padre que siempre decía: mi hija no está para sepultar. Su amor de padre no se equivocó..
            Pensemos también en lo que dice de la paternidad de Dios sobre nosotros en el comentario del Padre nuestro. Es tanto lo que da junto en la primera palabra que si el entendimiento lo comprendiera plenamente, ocuparía de modo la voluntad que no podía hablar palabra (C 27,1-2). Le dice la santa al Hijo, a Jesucristo que “nos da todo lo que se puede dar, pues obliga a su Padre a tenernos por hijos, que su palabra no puede faltar, y así no es pequeña carga, pues en siendo padre nos ha de sufrir, por grandes que sean nuestra ofensas. Si nos tornamos a él, como el hijo prodigo, hanos de perdonar, hanos de consolar en nuestros trabajos, hanos de sustentar, como lo da de hacer un tal Padre, que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en él no puede haber sino todo bien cumplido; y después de todo esto hacernos partícipes y herederos de Vos” (C 27,2).
            San José es la sombra de Dios Padre en la tierra. En él ha puesto el Espíritu Santo la condición de Dios Padre  de la manera más perfecta que puede recibirla un hombre en la tierra. San José en este aspecto de bondad es el Rostro de Dios en la tierra  Así lo fue para Santa Teresa. Por eso, podemos aplicarle, con las debidas reservas, lo que la Santa dice  de la bondad de Dios Padre. Por ejemplo: “¡Oh bondad infinita de mi Dios… que toda querría, cuando esto veo, deshacer en amaros! ¡Oh, que buen amigo hacéis, Señor, cómo la vais regalando y sufriendo y esperáis a que se haga a vuestra condición, tan de mientras la sufrís Vos la suya!” (V 8,6) Apliquemos estas palabras al comportamiento de san José para con ella..
            “Fiad de su bondad que  nunca falta a sus amigos” (V 11,12). Fiad de san José que nunca faltó a sus fieles devotos. Miremos a la misma santa Teresa que no recuerda haber pedido alguna cosa a san José que no se la haya concedido: es lo que le decimos en la oración del Acordaos. Acordaos, oh purísimo Esposo de la Virgen María, mi padre y señor gloriosísimo, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección y pedido vuestra ayuda no haya sido escuchado y consolado.
            “¡Oh, Señor mío, qué bueno sois! Que dais como quien sois con gran largueza y magnanimidad” (V 18,3). ¡Qué buenos eres san José!, exclama santa Teresita del Niño Jesús. Ella también experimentó a lo largo de su corta vida la protección y la ayuda de san José. Ya a los dos meses de edad le salvó san José milagrosamente de una situación extrema. Su madre se arrodilló delante de una imagen de san José con  el  Niño que tenían en la habitación y le pidió confiadamente que le curase a su hija y la  curó Toda la familia lo tuvo como un milagro del santo Patriarca y la misma santa Teresita cuando se lo contaron.
            En el viaje a Roma se encomendó especialmente a José, rezándole la oración “San José, padre y protector de las vírgenes”, que le rezaba todos los días.
            Santa Teresa dice: “Si va algo torcida la petición, él la endereza para mayor bien mío” (V 6,7).

            “Fíe de la bondad de Dios que es mayor que todos los males que podamos hacer…Nunca se cansa de dar ni se pueden agitar sus misericordias” (V 19,15)Así es san José. Su bondad está muy por encima de todos nuestros males, no desoye a ninguno que acude a él, aunque sea el más pobre y miserable y nunca de cansa de alcanzar gracias de su Hijo a todo el que le invoca con amor. Sus misericordias no se agotan y goza en atender y cuidar de todos. ¡Qué bueno es san José!    
Leer más

La bondad paternal de san José.

            Doctrinalmente santa Teresa condesa en dos páginas autobiográficas, cuando escribe este capítulo, la doctrina que los predicadores de la época y los tratadistas explican con muchas hojas, con la ventaja de que las suyas son la exposición de unas vivencias espirituales muy hondas y comprensivas.
            Dado el momento vital y espiritual que está viviendo la santa y en el que relee la historia de la salvación de su alma, lo que embarga su espíritu es la bondad paternal  y el pode singular de san José para ayudar en todas las necesidades, Cuando la Santa redacta este capítulo ha experimentado ya la mano paternal y poderosísima  de san José en momentos cruciales de su vida y de su obra de fundadora: curación milagrosa, fundación del convento de san José, liberación de los peligros del alma y ayuda en momentos de duras pruebas… y todavía le quedan muchos años de vida en los que la bondad de San José se va a ir dejando sentir palpablemente. Escribe el libro de la Vida en el 1565.
            Santa Teresa no tiene referencias ni hace reflexiones sobre la bondad  de san José, como lo hace de la bondad de Dios Padre en el Camino, exponiendo la invocación  de la oración del Padre nuestro; sencillamente llama a san José Padre, Padre mío: :este padre y señor (V 6,6),mi verdadero padre y  señor (V 33,11), mi glorioso padre y señor san José (F, prol 5), glorioso padre mío san José (V 30,7), mi padre glorioso san José (V 36,6), mi padre san José (V 33,14; 36,11), el glorioso padre nuestro san José (V 36,5). ¿Nos damos cuenta de toda la carga de amor, de bondad, de ternura que encierran estas palabras, referidas  al santo Patriarca, como expresión de la  experiencias josefinas de la Santa?.
            Hay que añadir aquí lo que ella afirma de su padre, de su gran piedad y caridad (V 1,2), del tan demasiado amor que mi padre me tenía (V 2,7) que faltarme él, era faltarme todo bien y regalo y se me arrancaba el alma, cuando le veía morir porque le quería mucho (V 7,14); con la añadidura de unas experiencias de amor y bondad por parte del padre que hacen más  bellos y sentidos estos valores, como cuando la lleva a las Agustinas de Gracia de la ciudad para librarle de los peligros de alma  en que encontraba. En la enfermedad que se le presentó no mucho tiempo después de entrar en al Encarnación, con todo cuidado  de mi regalo mi padre y mi hermana me llevaron a casa de esta en Catellanos de la Cañada y después de tres  meses con grandísimos trabajos. Su padre volvió a traerla, la trataron médicos y la cosa iba de mal  a peor; de abril a la Asunción de la Virgen duró la enfermedad, los últimos meses con dolores  incomportables que día ni noche ningún sosiego podía tener y como la  cura era más  recia de lo que pedía mi complexión, degeneró en un paroxismo que duró cuatro días. Todos la deban por muerta (en el convento de la Encarnación ya habían abierto la sepultura) sino era su padre que siempre decía: mi hija no está para sepultar. Su amor de padre no se equivocó..
            Pensemos también en lo que dice de la paternidad de Dios sobre nosotros en el comentario del Padre nuestro. Es tanto lo que da junto en la primera palabra que si el entendimiento lo comprendiera plenamente, ocuparía de modo la voluntad que no podía hablar palabra (C 27,1-2). Le dice la santa al Hijo, a Jesucristo que “nos da todo lo que se puede dar, pues obliga a su Padre a tenernos por hijos, que su palabra no puede faltar, y así no es pequeña carga, pues en siendo padre nos ha de sufrir, por grandes que sean nuestra ofensas. Si nos tornamos a él, como el hijo prodigo, hanos de perdonar, hanos de consolar en nuestros trabajos, hanos de sustentar, como lo da de hacer un tal Padre, que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en él no puede haber sino todo bien cumplido; y después de todo esto hacernos partícipes y herederos de Vos” (C 27,2).
            San José es la sombra de Dios Padre en la tierra. En él ha puesto el Espíritu Santo la condición de Dios Padre  de la manera más perfecta que puede recibirla un hombre en la tierra. San José en este aspecto de bondad es el Rostro de Dios en la tierra  Así lo fue para Santa Teresa. Por eso, podemos aplicarle, con las debidas reservas, lo que la Santa dice  de la bondad de Dios Padre. Por ejemplo: “¡Oh bondad infinita de mi Dios… que toda querría, cuando esto veo, deshacer en amaros! ¡Oh, que buen amigo hacéis, Señor, cómo la vais regalando y sufriendo y esperáis a que se haga a vuestra condición, tan de mientras la sufrís Vos la suya!” (V 8,6) Apliquemos estas palabras al comportamiento de san José para con ella..
            “Fiad de su bondad que  nunca falta a sus amigos” (V 11,12). Fiad de san José que nunca faltó a sus fieles devotos. Miremos a la misma santa Teresa que no recuerda haber pedido alguna cosa a san José que no se la haya concedido: es lo que le decimos en la oración del Acordaos. Acordaos, oh purísimo Esposo de la Virgen María, mi padre y señor gloriosísimo, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección y pedido vuestra ayuda no haya sido escuchado y consolado.
            “¡Oh, Señor mío, qué bueno sois! Que dais como quien sois con gran largueza y magnanimidad” (V 18,3). ¡Qué buenos eres san José!, exclama santa Teresita del Niño Jesús. Ella también experimentó a lo largo de su corta vida la protección y la ayuda de san José. Ya a los dos meses de edad le salvó san José milagrosamente de una situación extrema. Su madre se arrodilló delante de una imagen de san José con  el  Niño que tenían en la habitación y le pidió confiadamente que le curase a su hija y la  curó Toda la familia lo tuvo como un milagro del santo Patriarca y la misma santa Teresita cuando se lo contaron.
            En el viaje a Roma se encomendó especialmente a José, rezándole la oración “San José, padre y protector de las vírgenes”, que le rezaba todos los días.
            Santa Teresa dice: “Si va algo torcida la petición, él la endereza para mayor bien mío” (V 6,7).

            “Fíe de la bondad de Dios que es mayor que todos los males que podamos hacer…Nunca se cansa de dar ni se pueden agitar sus misericordias” (V 19,15)Así es san José. Su bondad está muy por encima de todos nuestros males, no desoye a ninguno que acude a él, aunque sea el más pobre y miserable y nunca de cansa de alcanzar gracias de su Hijo a todo el que le invoca con amor. Sus misericordias no se agotan y goza en atender y cuidar de todos. ¡Qué bueno es san José!    
Leer más...

CADA VIDA TIENE UNA MISIÓN

VER AQUÍ


Una cita con la vida, una cita convocada para el veintidós de noviembre. Está al caer y te esperamos de alguna manera. Si no con tú presencia, porque no puedes, si con tu espíritu, que sí que puedes. Hay mil formas y maneras de estar. Con tus oraciones, con tus preocupaciones por la vida, con tu presencia si estás por aquí cerca, con tus palabras, pero la mejor es estar con tu vida, defendiendo la vida, porque la vida es el don que Dios nos ha dado para gozar eternamente de su presencia.

Nadie puede apoderarse de la vida. No es que puedan hacerlo, pero es un atentado contra la Voluntad de Dios querer interrumpirla. Nunca podrán hacerlo de forma plena. Podrán, eso sí, parar el camino de este mundo, pero nunca el eterno y celestial al que está destinada cada vida. Porque la vida es la oportunidad que Dios te ha dado para probar tu amor, y defenderla es proclamar que sólo a Él le pertenece y que en Él confías y crees.

Sin embargo, lo más grave no es perder la vida, porque nunca podrán matarla, sino el alma que puedan escandalizar y desviar con las cosas de este mundo. Porque con la vida del cuerpo no se pierde nada, se gana el cielo teniendo el alma limpia y confiada en la Misericordia de Dios. Hay muchas vidas inocentes que ni siquiera han salido a la luz. Han vivido escasos meses en la oscuridad del vientre de sus madres, pero vivirán para siempre porque, a pesar de que sus diminutos cuerpos han sido mutilados, sus limpias almas han volado al cielo junto al Padre Bueno que las ha creado para la vida y vida en abundancia y eterna.

El próximo día 22 de noviembre saldrá a la calle la vida. La vida encarnada en mucha gente convocada de muchos lugares, y llenas de vida para gritar y pedir la defensa de la vida. Será un grito de esperanza, pero de esperanza para que los que matan la vida abran sus ojos al error que cometen al quitarla a otros. La vida no les pertenece y matar es robar la vida de otro. No hay justificaciones que la razón pueda argumentar sobre el derecho a matar la vida inocente e indefensa. Ninguna se sostiene por sí misma, ni por mil y una razón que quieran dar, porque la vida es tuya y nadie puede decidir sobre ti.

Tú, aunque no puedas hablar ni defenderte, tienes derecho a que te dejen vivir y te procuren todo lo necesario para que tu vida se desarrolle como un ser humano que eres. Porque tú eres parte de este mundo independientemente de que no hayan contado contigo para engendrarte. Has nacido y tienes derecho a vivir.


Salvador Pérez Alayón
Leer más
VER AQUÍ


Una cita con la vida, una cita convocada para el veintidós de noviembre. Está al caer y te esperamos de alguna manera. Si no con tú presencia, porque no puedes, si con tu espíritu, que sí que puedes. Hay mil formas y maneras de estar. Con tus oraciones, con tus preocupaciones por la vida, con tu presencia si estás por aquí cerca, con tus palabras, pero la mejor es estar con tu vida, defendiendo la vida, porque la vida es el don que Dios nos ha dado para gozar eternamente de su presencia.

Nadie puede apoderarse de la vida. No es que puedan hacerlo, pero es un atentado contra la Voluntad de Dios querer interrumpirla. Nunca podrán hacerlo de forma plena. Podrán, eso sí, parar el camino de este mundo, pero nunca el eterno y celestial al que está destinada cada vida. Porque la vida es la oportunidad que Dios te ha dado para probar tu amor, y defenderla es proclamar que sólo a Él le pertenece y que en Él confías y crees.

Sin embargo, lo más grave no es perder la vida, porque nunca podrán matarla, sino el alma que puedan escandalizar y desviar con las cosas de este mundo. Porque con la vida del cuerpo no se pierde nada, se gana el cielo teniendo el alma limpia y confiada en la Misericordia de Dios. Hay muchas vidas inocentes que ni siquiera han salido a la luz. Han vivido escasos meses en la oscuridad del vientre de sus madres, pero vivirán para siempre porque, a pesar de que sus diminutos cuerpos han sido mutilados, sus limpias almas han volado al cielo junto al Padre Bueno que las ha creado para la vida y vida en abundancia y eterna.

El próximo día 22 de noviembre saldrá a la calle la vida. La vida encarnada en mucha gente convocada de muchos lugares, y llenas de vida para gritar y pedir la defensa de la vida. Será un grito de esperanza, pero de esperanza para que los que matan la vida abran sus ojos al error que cometen al quitarla a otros. La vida no les pertenece y matar es robar la vida de otro. No hay justificaciones que la razón pueda argumentar sobre el derecho a matar la vida inocente e indefensa. Ninguna se sostiene por sí misma, ni por mil y una razón que quieran dar, porque la vida es tuya y nadie puede decidir sobre ti.

Tú, aunque no puedas hablar ni defenderte, tienes derecho a que te dejen vivir y te procuren todo lo necesario para que tu vida se desarrolle como un ser humano que eres. Porque tú eres parte de este mundo independientemente de que no hayan contado contigo para engendrarte. Has nacido y tienes derecho a vivir.


Salvador Pérez Alayón
Leer más...

SANTA TERESA DA A SAN JOSÉ EL CAPÍTULO 6 DE SU VIDA


            El capítulo 6 de la Vida de santa Teresa, el libro de las misericordias de Dios sobre ella, “su alma”, es un panegírico vivo breve, pero muy denso sobre san José. La exposición sencilla, realista de una de las grandes misericordias de Dios para con ella. Dios hizo cosas grandes en ella. Que le regaño por medio de san José, su Padre y Señor. para mí el mejor panegírico que se ha escrito en lengua española en honra de san José. Y loes porque está escrito desde una experiencia singularísima de la protección y ayuda de san  José. Como ella dice: “No dirá nada que no haya experimentado mucho” (V 18,8). Ella cundo escribe esta pagina autobiográfica ha experimentado mucho a san José, su presencia, su ayuda, su protección: “no recuerdo hasta ahora haberla suplicado cosa que la haya dejado de hacer” (v 6,), “Paréceme ha algunos años que cada años en su vida, le pido una cosa y siempre la veo cumplida”(V,6,7).
            Y entre las cosas, las gracias que le concedió encontramos la curación de una gravísima enfermedad. Para ver la grandeza del milagro es necesario leer la descripción que ella anos hace de su enfermedad: “Quedé de estos cuatro días de paroxismo de manera que solo el Señor puede saber los incomportables sufrimientos que sentía en mí. La lengua hecha pedazos de mordida, la garganta de no haber pasado nada y d la gran flaqueza que me ahogaba, que aún el agua no podía pasar. Toda me parecía estaba desconyuntada, con grandísimo desatino en la cabeza; toda encogida, hecha un ovillo, porque en esto paró el tormento de aquellos días, sin poderme menear ni brazo ni pie ni mano ni cabeza, más que si estuviera muerta, si no me meneaban; solo un dedo me parece podía menar de la mano derecha. Pues llegar a mí no había cómo, porque todo estaba tan lastimado que no lo podía sufrir. En una sábana, una de untado y otra de otro, me meneaban” (V 6,1). Di luego tan grabo risa de irme al monasterio, que me hice llevar así. A la que esperaban muerta,  (ya la habían abierto la sepultura en el monasterio en los cuatro días de paroxismo en que todos,  menos su padre la tenían por muerta), la recibieron con alma, pero el cuerpo peor que muerto para dar pena verle. El extremo de flaqueza no se pede decir, que solo los huesos tenía ya. Digo que el así me duró más de ocho meses, el estar tullida, aunque iba mejorando, más de tres años…Cuando comencé a andar a gatas alababa a Dios.. Todo lo pasé con gran conformidad, y si no fue estos principios, con gran alegría., porque todo se me hacía nonada comparado con los dolores y tormentos del principio (V 6,5-6).
            En situación tan angustiosa y dramática ¿a quién acude? “Como me ví tan tullida y en poca edad  (213-24 años) y cuál me habían dejado  los médicos de la tierra, determiné acudir a los del cielo para que me sanasen…. Y tomé por abogado y señor al glorioso san José y encomendéme mucho a él” (V 6,5-6).

            Aquel acontecimiento singular se tuvo como un milagro de san José. Así en varias declaraciones para su beatificación y Canonización. Y, sin duda, la primera que lo tuvo como un milagro de su Padre y Señor  san José fue la misma santa Teresa, y con ese milagro se le aumentó al cubo la devoción a san José. Según María de san José, “de esta enfermedad y dolores salió con la devoción  san José” (Libro e Recreaciones, 8,72). Salió con la devoción a san José reforzada, aumentada, sublimada y contagiosa, como se desprende de  las expresiones referidas a san José en este  capítulo 6 de la Vida, porque devota de san José ya lo era desde su niñez, se había aumentado en el convento de la Encarnación y si se encomienda y mucho a san José es porque le es ya muy devota.
Leer más

            El capítulo 6 de la Vida de santa Teresa, el libro de las misericordias de Dios sobre ella, “su alma”, es un panegírico vivo breve, pero muy denso sobre san José. La exposición sencilla, realista de una de las grandes misericordias de Dios para con ella. Dios hizo cosas grandes en ella. Que le regaño por medio de san José, su Padre y Señor. para mí el mejor panegírico que se ha escrito en lengua española en honra de san José. Y loes porque está escrito desde una experiencia singularísima de la protección y ayuda de san  José. Como ella dice: “No dirá nada que no haya experimentado mucho” (V 18,8). Ella cundo escribe esta pagina autobiográfica ha experimentado mucho a san José, su presencia, su ayuda, su protección: “no recuerdo hasta ahora haberla suplicado cosa que la haya dejado de hacer” (v 6,), “Paréceme ha algunos años que cada años en su vida, le pido una cosa y siempre la veo cumplida”(V,6,7).
            Y entre las cosas, las gracias que le concedió encontramos la curación de una gravísima enfermedad. Para ver la grandeza del milagro es necesario leer la descripción que ella anos hace de su enfermedad: “Quedé de estos cuatro días de paroxismo de manera que solo el Señor puede saber los incomportables sufrimientos que sentía en mí. La lengua hecha pedazos de mordida, la garganta de no haber pasado nada y d la gran flaqueza que me ahogaba, que aún el agua no podía pasar. Toda me parecía estaba desconyuntada, con grandísimo desatino en la cabeza; toda encogida, hecha un ovillo, porque en esto paró el tormento de aquellos días, sin poderme menear ni brazo ni pie ni mano ni cabeza, más que si estuviera muerta, si no me meneaban; solo un dedo me parece podía menar de la mano derecha. Pues llegar a mí no había cómo, porque todo estaba tan lastimado que no lo podía sufrir. En una sábana, una de untado y otra de otro, me meneaban” (V 6,1). Di luego tan grabo risa de irme al monasterio, que me hice llevar así. A la que esperaban muerta,  (ya la habían abierto la sepultura en el monasterio en los cuatro días de paroxismo en que todos,  menos su padre la tenían por muerta), la recibieron con alma, pero el cuerpo peor que muerto para dar pena verle. El extremo de flaqueza no se pede decir, que solo los huesos tenía ya. Digo que el así me duró más de ocho meses, el estar tullida, aunque iba mejorando, más de tres años…Cuando comencé a andar a gatas alababa a Dios.. Todo lo pasé con gran conformidad, y si no fue estos principios, con gran alegría., porque todo se me hacía nonada comparado con los dolores y tormentos del principio (V 6,5-6).
            En situación tan angustiosa y dramática ¿a quién acude? “Como me ví tan tullida y en poca edad  (213-24 años) y cuál me habían dejado  los médicos de la tierra, determiné acudir a los del cielo para que me sanasen…. Y tomé por abogado y señor al glorioso san José y encomendéme mucho a él” (V 6,5-6).

            Aquel acontecimiento singular se tuvo como un milagro de san José. Así en varias declaraciones para su beatificación y Canonización. Y, sin duda, la primera que lo tuvo como un milagro de su Padre y Señor  san José fue la misma santa Teresa, y con ese milagro se le aumentó al cubo la devoción a san José. Según María de san José, “de esta enfermedad y dolores salió con la devoción  san José” (Libro e Recreaciones, 8,72). Salió con la devoción a san José reforzada, aumentada, sublimada y contagiosa, como se desprende de  las expresiones referidas a san José en este  capítulo 6 de la Vida, porque devota de san José ya lo era desde su niñez, se había aumentado en el convento de la Encarnación y si se encomienda y mucho a san José es porque le es ya muy devota.
Leer más...

¿Quién fue el Papa numero 40?


Inocencio I De acuerdo al "Liber Pontificalis" fue nativo de Albano; su padre se llamaba Inocencio. Creció entre el clero romano y en el servicio de la Iglesia Romana. Después de la muerte de Anastasio (diciembre de 401) fue unánimemente elegido Obispo de Roma por el clero y el pueblo. No nos ha llegado mucho concerniente a sus actividades eclesiásticas en Roma. No obstante, hay buen testimonio de uno o dos ejemplos de su celo por la pureza de la fe católica y la disciplina eclesiástica: él le quitó varias iglesias en Roma a los novacianos (Sócrates, Hist. de la Iglesia VII.2) y logró que Marco, un seguidor de Fotino, fuera expulsado de la ciudad. Probablemente no fue sin su concurrencia que el emperador Flavio Honorio publicó desde Roma (22 de febrero de 407) un drástico decreto contra los maniqueos, los montanistas, y los priscilianos (Códice Teodosiano, XVI, 5, 40). A través de la munificencia de Vestina, una rica matrona romana, Inocencio pudo construir y dotar ricamente una iglesia dedicada a los Santos Gervasio y Protasio; esto fue el antiguo título Vestinoe, la que todavía se mantiene bajo el nombre de San Vitale. El asedio y captura de Roma por los ostrogodos bajo Alarico (408-10) ocurrió durante su pontificado. Cuando, en el tiempo del primer asedio, el líder bárbaro hubo declarado que se retiraría solo con la condición que los romanos acordaran una paz favorable a él, una embajada de los romanos fue donde Honorio, en Rávena, para tratar, de ser posible, lograr la paz entre él y los godos. El Papa Inocencio también se unió a esta embajada, pero todos sus esfuerzos para lograr la paz fallaron. Los godos entonces recomenzaron de nuevo el asedio de Roma, así que el Papa y los embajadores no pudieron retornar a la ciudad, la cual fue tomada y saqueada en el año 410. Desde el inicio de su pontificado, Inocencio a menudo actuó como cabeza de toda la Iglesia, ambas Oriente y Occidente.

En su carta al arzobispo Anisio de Tesalónica, en la cual informa la noticia de su propia elección a la Santa Sede, él también confirma los privilegios que habían sido otorgados al arzobispo por los Papas anteriores. Cuando Illyria oriental cayó ante el Imperio Oriental (379) el Papa San Dámaso I había afirmado y preservado los antiguos derechos del papado en aquellas partes, y su sucesor Siricio le había concedido al arzobispo de Tesalónica el privilegio de confirmar y consagrar a los obispos de Illyria Oriental. Estas prerrogativas fueron renovadas por Inocencio (Ep. I), y por una carta posterior (Ep. XIII, 17 de junio de 412) el Papa confió la administración suprema de la diócesis de Illyria Oriental al arzobispo Rufo de Tesalónica, como representante de la Santa Sede. Por este medio el vicariato papal de Illyria descansó sobre una base sólida, y los arzobispos de Tesalónica se convirtieron en vicarios de los Papas. El 15 de febrero de 404 Inocencio le envió un importante decreto al obispo Victricio de Rouen (Ep. II), quien había depositado ante el Papa una lista de asuntos disciplinarios para su decisión. Los puntos en discusión se referían a la consagración de obispos, admisión a los rangos del clero, las disputas entre clérigos, por medio de lo cual se llevaron importantes asuntos desde el tribunal episcopal a la Sede Apostólica, también las ordenaciones del clero, celibato, la recepción a la Iglesia de los conversos novacianos o donatistas, monjes y monjas. En general, el Papa indicó que la disciplina de la Iglesia Romana es la norma que deben seguir los otros obispos. Inocencio dirigió un decreto similar a los obispos españoles (Ep. III) entre los cuales habían surgido dificultades, especialmente respecto a los obispos priscilianos. El Papa reguló este asunto y al mismo tiempo afirmó otros asuntos de disciplina eclesiástica.
Cartas similares, de contenido disciplinario, o decisiones de casos importantes, se enviaron al obispo Exuperio de Tolosa (Ep. VI), a los obispos de Macedonia (Ep. XVII), a Decencio, obispo de Gubbio (Ep. XXV), a Félix, obispo de Nocera (Ep. XXVIII). Inocencio también remitió cartas más cortas a varios otros obispos, entre ellos a dos obispos británicos, Máximo y Severo, en los cuales él decidió que los sacerdotes que hubiesen tenido hijos después de su ordenación debían ser removidos de su sacro oficio (Ep. XXXIX). El Sínodo de Cartago (404) envió mensajeros al obispo de Roma, o al obispo de la ciudad donde se encontraba el emperador, para tomar las medidas necesarias para un tratamiento más severo a los montanistas. Los enviados vinieron a Roma, y el Papa Inocencio obtuvo del emperador Honorio un fuerte decreto contra aquellos sectarios africanos, por lo cual muchos adherentes del montanismo fueron inducidos a reconciliarse con la Iglesia.
El Oriente cristiano también reclamó parte de la energía del Papa. San Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla, quien fue perseguido por la emperatriz Eudoxia y el patriarca alejandrino Teófilo, se puso bajo la protección de Inocencio. Teófilo ya le había informado al Papa de la destitución de Juan, siguiendo el ilegal Sínodo del Roble (ad quercum). Pero el Papa no reconoció la sentencia del sínodo, convocó a Teófilo a un nuevo sínodo en Roma, consoló al exiliado patriarca de Bizancio, escribió una carta al clero y al pueblo de Constantinopla en la cual les censuraba severamente su conducta hacia su obispo (Juan), y anunciaba su intención de convocar un sínodo general, en el cual el asunto sería examinado minuciosamente y decidido. Se sugirió a Tesalónica como el lugar de la asamblea. El Papa le informó a Honorio, emperador de Occidente, de estos procedimientos, tras lo cual el último escribió tres cartas a su hermano, el emperador oriental Arcadio, y urgió a Arcadio a citar a los obispos de Oriente a un sínodo en Tesalónica, ante el cual comparecería el patriarca Teófilo. Los mensajeros que llevaron estas tres cartas fueron mal recibidos, pues Arcadio favorecía a Teófilo. A pesar de los esfuerzos del Papa y del emperador de Occidente, el sínodo nunca se realizó. Inocencio permaneció en correspondencia con el exiliado Juan; cuando, desde su lugar de destierro, el último le agradeció por su amable cuidado, el Papa le respondió con otra carta reconfortante, la cual el exiliado obispo recibió solamente poco tiempo antes de su muerte (407) (Epp. XI, XII). El Papa no reconoció a Arsacio y Ático, quienes habían subido a la Sede de Constantinopla en lugar del ilegalmente depuesto Juan.
Luego de la muerte de Juan, Inocencio deseaba que el nombre del fallecido patriarca fuese restituido a los dípticos, pero Ático no cedió hasta después de la muerte de Teófilo (412). El Papa obtuvo de muchos obispos orientales un reconocimiento similar del daño hecho a San Juan Crisóstomo. El cisma en Antioquia, que se remontaba a los conflictos arrianos, fue finalmente resuelto en tiempos de Inocencio. Alejandro, patriarca de Antioquia, logró (413-15) ganar para su causa a los adherentes del anterior obispo Eustacio; también recibió dentro de los rangos de su clero a los seguidores de Paulino, quien había escapado a Italia y había sido ordenado allí. Inocencio informó a Alejandro de estas actuaciones, y como Alejandro restauró el nombre de Juan Crisóstomo a los dípticos, el Papa entró en comunión con el patriarca antioqueno, y le escribió dos cartas, una en nombre de un sínodo romano de veinte obispos italianos, y otra en su propio nombre (Epp. XIX y XX). Acacio, obispo de Beroea, uno de los más celosos oponentes de Crisóstomo, había buscado obtener re-admisión a la comunión con la Iglesia Romana a través del mencionado Alejandro de Antioquia. El Papa le informó a el, por medio de Alejandro, las condiciones bajo las cuales reasumiría comunión con él (Ep. XXI). En una posterior carta Inocencio resolvió varios asuntos sobre disciplina eclesiástica (Ep. XXIV).
El Papa también le informó al obispo macedonio Maximiano y el sacerdote Bonifacio, quien había intercedido ante él por el reconocimiento de Ático, patriarca de Constantinopla, de las condiciones, las cuales fueron similares a aquellas requeridas del antedicho patriarca de Antioquia (Epp. XXII y XXIII). En las controversias origenistas y pelagianas, también se invocó la autoridad del Papa desde varias sedes. San Jerónimo y las monjas de Belén fueron atacados en sus conventos por los brutales seguidores de Pelagio, un diácono fue asesinado, y una parte de los edificios fue incendiada. Juan, obispo de Jerusalén, quien estaba en malos términos con Jerónimo debido a la controversia origenista, no hizo nada para prevenir estos ultrajes. A través de Aurelio, obispo de Cartago, Inocencio le envió a San Jerónimo una carta de condolencia, en la cual le informa que emplearía la influencia de la Santa Sede para reprimir tales crímenes; y si Jerónimo daba los nombres de los culpables, el procedería ulteriormente sobre el asunto. El Papa enseguida escribió una sincera carta de exhortación al obispo de Jerusalén, y le reprochó su negligencia en su deber pastoral.
Inocencio también se vio forzado a tomar parte en la controversia pelagiana. En el 415, sobre la propuesta de Paulo Orosio, el sínodo de Jerusalén trató el asunto de la ortodoxia de Pelagio ante la Santa Sede. El sínodo de obispos orientales celebrado en Dióspolis (diciembre de 415) que absolvió a Pelagio, al cual este último engañó con respecto a sus enseñanzas reales, acercó a Inocencio a favor del hereje. En el informe de Orosio respecto a los procedimientos en Dióspolis, los obispos africanos se reunieron en sínodo en Cartago (416) y confirmaron la condenación pronunciada en el 411 contra Celestio, quien compartía las opiniones de Pelagio. Los obispos de Numidia hicieron lo mismo en el mismo año en el Sinodo de Mileve. Ambos sínodos informaron al Papa sobre sus trabajos y le pidieron confirmar sus decisiones. Poco después de esto, cinco obispos africanos, entre los que se encontraban San Agustín, escribieron una carta personal a Inocencio respecto a sus propias posiciones en el asunto del pelagianismo. Inocencio en su respuesta alabó a los obispos africanos, porque, conscientes de la autoridad de la Sede Apostólica, habían apelado a la Cátedra de Pedro; el rechazó las enseñanzas de Pelagio y confirmó las decisiones redactadas por los Concilios de África (Ep. XXVII-XXXIII); además rechazó las decisiones de los sínodos de Dióspolis. Pelagio ahora envió una confesión de fe a Inocencio, la cual, sin embargo, fue solamente entregada a su sucesor (Papa San Zósimo), pues Inocencio falleció antes de que el documento llegara a la Santa Sede. Fue enterrado en una basílica sobre las catacumbas de Ponciano, y fue venerado como un santo. El fue un hombre muy enérgico y activo, y un gobernante altamente talentoso, quien cumplió admirablemente los deberes de su cargo.


Bibliografía: Epistola elig; Pontificum Romanorum, ed. COUSTANT, I (Paris, 1721); JAFFÉ, Regesta Rom. Pont., I (2nd ed.), 44-49; Liber Pontificalis, ed. DUCHESNE, I, 220-224; LANGEN, Geschichte der römischen Kirche, I, 665-741; GRISAR, Geschichte Roms und der Päpste im Mittelalter, I, 59 sqq., 284 Sqq.; WITTIG, Studien zur Geschichte des Papstes Innocenz I. und der Papstwahlen des V. Jahrh. in Tübinger Theol. Quartalschrift (1902), 388-439; GEBHARDT, Die Bedeutung Innocenz I. für die Entwicklung der päpstlichen Gewalt (Leipzig, 1901).
Leer más

Inocencio I De acuerdo al "Liber Pontificalis" fue nativo de Albano; su padre se llamaba Inocencio. Creció entre el clero romano y en el servicio de la Iglesia Romana. Después de la muerte de Anastasio (diciembre de 401) fue unánimemente elegido Obispo de Roma por el clero y el pueblo. No nos ha llegado mucho concerniente a sus actividades eclesiásticas en Roma. No obstante, hay buen testimonio de uno o dos ejemplos de su celo por la pureza de la fe católica y la disciplina eclesiástica: él le quitó varias iglesias en Roma a los novacianos (Sócrates, Hist. de la Iglesia VII.2) y logró que Marco, un seguidor de Fotino, fuera expulsado de la ciudad. Probablemente no fue sin su concurrencia que el emperador Flavio Honorio publicó desde Roma (22 de febrero de 407) un drástico decreto contra los maniqueos, los montanistas, y los priscilianos (Códice Teodosiano, XVI, 5, 40). A través de la munificencia de Vestina, una rica matrona romana, Inocencio pudo construir y dotar ricamente una iglesia dedicada a los Santos Gervasio y Protasio; esto fue el antiguo título Vestinoe, la que todavía se mantiene bajo el nombre de San Vitale. El asedio y captura de Roma por los ostrogodos bajo Alarico (408-10) ocurrió durante su pontificado. Cuando, en el tiempo del primer asedio, el líder bárbaro hubo declarado que se retiraría solo con la condición que los romanos acordaran una paz favorable a él, una embajada de los romanos fue donde Honorio, en Rávena, para tratar, de ser posible, lograr la paz entre él y los godos. El Papa Inocencio también se unió a esta embajada, pero todos sus esfuerzos para lograr la paz fallaron. Los godos entonces recomenzaron de nuevo el asedio de Roma, así que el Papa y los embajadores no pudieron retornar a la ciudad, la cual fue tomada y saqueada en el año 410. Desde el inicio de su pontificado, Inocencio a menudo actuó como cabeza de toda la Iglesia, ambas Oriente y Occidente.

En su carta al arzobispo Anisio de Tesalónica, en la cual informa la noticia de su propia elección a la Santa Sede, él también confirma los privilegios que habían sido otorgados al arzobispo por los Papas anteriores. Cuando Illyria oriental cayó ante el Imperio Oriental (379) el Papa San Dámaso I había afirmado y preservado los antiguos derechos del papado en aquellas partes, y su sucesor Siricio le había concedido al arzobispo de Tesalónica el privilegio de confirmar y consagrar a los obispos de Illyria Oriental. Estas prerrogativas fueron renovadas por Inocencio (Ep. I), y por una carta posterior (Ep. XIII, 17 de junio de 412) el Papa confió la administración suprema de la diócesis de Illyria Oriental al arzobispo Rufo de Tesalónica, como representante de la Santa Sede. Por este medio el vicariato papal de Illyria descansó sobre una base sólida, y los arzobispos de Tesalónica se convirtieron en vicarios de los Papas. El 15 de febrero de 404 Inocencio le envió un importante decreto al obispo Victricio de Rouen (Ep. II), quien había depositado ante el Papa una lista de asuntos disciplinarios para su decisión. Los puntos en discusión se referían a la consagración de obispos, admisión a los rangos del clero, las disputas entre clérigos, por medio de lo cual se llevaron importantes asuntos desde el tribunal episcopal a la Sede Apostólica, también las ordenaciones del clero, celibato, la recepción a la Iglesia de los conversos novacianos o donatistas, monjes y monjas. En general, el Papa indicó que la disciplina de la Iglesia Romana es la norma que deben seguir los otros obispos. Inocencio dirigió un decreto similar a los obispos españoles (Ep. III) entre los cuales habían surgido dificultades, especialmente respecto a los obispos priscilianos. El Papa reguló este asunto y al mismo tiempo afirmó otros asuntos de disciplina eclesiástica.
Cartas similares, de contenido disciplinario, o decisiones de casos importantes, se enviaron al obispo Exuperio de Tolosa (Ep. VI), a los obispos de Macedonia (Ep. XVII), a Decencio, obispo de Gubbio (Ep. XXV), a Félix, obispo de Nocera (Ep. XXVIII). Inocencio también remitió cartas más cortas a varios otros obispos, entre ellos a dos obispos británicos, Máximo y Severo, en los cuales él decidió que los sacerdotes que hubiesen tenido hijos después de su ordenación debían ser removidos de su sacro oficio (Ep. XXXIX). El Sínodo de Cartago (404) envió mensajeros al obispo de Roma, o al obispo de la ciudad donde se encontraba el emperador, para tomar las medidas necesarias para un tratamiento más severo a los montanistas. Los enviados vinieron a Roma, y el Papa Inocencio obtuvo del emperador Honorio un fuerte decreto contra aquellos sectarios africanos, por lo cual muchos adherentes del montanismo fueron inducidos a reconciliarse con la Iglesia.
El Oriente cristiano también reclamó parte de la energía del Papa. San Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla, quien fue perseguido por la emperatriz Eudoxia y el patriarca alejandrino Teófilo, se puso bajo la protección de Inocencio. Teófilo ya le había informado al Papa de la destitución de Juan, siguiendo el ilegal Sínodo del Roble (ad quercum). Pero el Papa no reconoció la sentencia del sínodo, convocó a Teófilo a un nuevo sínodo en Roma, consoló al exiliado patriarca de Bizancio, escribió una carta al clero y al pueblo de Constantinopla en la cual les censuraba severamente su conducta hacia su obispo (Juan), y anunciaba su intención de convocar un sínodo general, en el cual el asunto sería examinado minuciosamente y decidido. Se sugirió a Tesalónica como el lugar de la asamblea. El Papa le informó a Honorio, emperador de Occidente, de estos procedimientos, tras lo cual el último escribió tres cartas a su hermano, el emperador oriental Arcadio, y urgió a Arcadio a citar a los obispos de Oriente a un sínodo en Tesalónica, ante el cual comparecería el patriarca Teófilo. Los mensajeros que llevaron estas tres cartas fueron mal recibidos, pues Arcadio favorecía a Teófilo. A pesar de los esfuerzos del Papa y del emperador de Occidente, el sínodo nunca se realizó. Inocencio permaneció en correspondencia con el exiliado Juan; cuando, desde su lugar de destierro, el último le agradeció por su amable cuidado, el Papa le respondió con otra carta reconfortante, la cual el exiliado obispo recibió solamente poco tiempo antes de su muerte (407) (Epp. XI, XII). El Papa no reconoció a Arsacio y Ático, quienes habían subido a la Sede de Constantinopla en lugar del ilegalmente depuesto Juan.
Luego de la muerte de Juan, Inocencio deseaba que el nombre del fallecido patriarca fuese restituido a los dípticos, pero Ático no cedió hasta después de la muerte de Teófilo (412). El Papa obtuvo de muchos obispos orientales un reconocimiento similar del daño hecho a San Juan Crisóstomo. El cisma en Antioquia, que se remontaba a los conflictos arrianos, fue finalmente resuelto en tiempos de Inocencio. Alejandro, patriarca de Antioquia, logró (413-15) ganar para su causa a los adherentes del anterior obispo Eustacio; también recibió dentro de los rangos de su clero a los seguidores de Paulino, quien había escapado a Italia y había sido ordenado allí. Inocencio informó a Alejandro de estas actuaciones, y como Alejandro restauró el nombre de Juan Crisóstomo a los dípticos, el Papa entró en comunión con el patriarca antioqueno, y le escribió dos cartas, una en nombre de un sínodo romano de veinte obispos italianos, y otra en su propio nombre (Epp. XIX y XX). Acacio, obispo de Beroea, uno de los más celosos oponentes de Crisóstomo, había buscado obtener re-admisión a la comunión con la Iglesia Romana a través del mencionado Alejandro de Antioquia. El Papa le informó a el, por medio de Alejandro, las condiciones bajo las cuales reasumiría comunión con él (Ep. XXI). En una posterior carta Inocencio resolvió varios asuntos sobre disciplina eclesiástica (Ep. XXIV).
El Papa también le informó al obispo macedonio Maximiano y el sacerdote Bonifacio, quien había intercedido ante él por el reconocimiento de Ático, patriarca de Constantinopla, de las condiciones, las cuales fueron similares a aquellas requeridas del antedicho patriarca de Antioquia (Epp. XXII y XXIII). En las controversias origenistas y pelagianas, también se invocó la autoridad del Papa desde varias sedes. San Jerónimo y las monjas de Belén fueron atacados en sus conventos por los brutales seguidores de Pelagio, un diácono fue asesinado, y una parte de los edificios fue incendiada. Juan, obispo de Jerusalén, quien estaba en malos términos con Jerónimo debido a la controversia origenista, no hizo nada para prevenir estos ultrajes. A través de Aurelio, obispo de Cartago, Inocencio le envió a San Jerónimo una carta de condolencia, en la cual le informa que emplearía la influencia de la Santa Sede para reprimir tales crímenes; y si Jerónimo daba los nombres de los culpables, el procedería ulteriormente sobre el asunto. El Papa enseguida escribió una sincera carta de exhortación al obispo de Jerusalén, y le reprochó su negligencia en su deber pastoral.
Inocencio también se vio forzado a tomar parte en la controversia pelagiana. En el 415, sobre la propuesta de Paulo Orosio, el sínodo de Jerusalén trató el asunto de la ortodoxia de Pelagio ante la Santa Sede. El sínodo de obispos orientales celebrado en Dióspolis (diciembre de 415) que absolvió a Pelagio, al cual este último engañó con respecto a sus enseñanzas reales, acercó a Inocencio a favor del hereje. En el informe de Orosio respecto a los procedimientos en Dióspolis, los obispos africanos se reunieron en sínodo en Cartago (416) y confirmaron la condenación pronunciada en el 411 contra Celestio, quien compartía las opiniones de Pelagio. Los obispos de Numidia hicieron lo mismo en el mismo año en el Sinodo de Mileve. Ambos sínodos informaron al Papa sobre sus trabajos y le pidieron confirmar sus decisiones. Poco después de esto, cinco obispos africanos, entre los que se encontraban San Agustín, escribieron una carta personal a Inocencio respecto a sus propias posiciones en el asunto del pelagianismo. Inocencio en su respuesta alabó a los obispos africanos, porque, conscientes de la autoridad de la Sede Apostólica, habían apelado a la Cátedra de Pedro; el rechazó las enseñanzas de Pelagio y confirmó las decisiones redactadas por los Concilios de África (Ep. XXVII-XXXIII); además rechazó las decisiones de los sínodos de Dióspolis. Pelagio ahora envió una confesión de fe a Inocencio, la cual, sin embargo, fue solamente entregada a su sucesor (Papa San Zósimo), pues Inocencio falleció antes de que el documento llegara a la Santa Sede. Fue enterrado en una basílica sobre las catacumbas de Ponciano, y fue venerado como un santo. El fue un hombre muy enérgico y activo, y un gobernante altamente talentoso, quien cumplió admirablemente los deberes de su cargo.


Bibliografía: Epistola elig; Pontificum Romanorum, ed. COUSTANT, I (Paris, 1721); JAFFÉ, Regesta Rom. Pont., I (2nd ed.), 44-49; Liber Pontificalis, ed. DUCHESNE, I, 220-224; LANGEN, Geschichte der römischen Kirche, I, 665-741; GRISAR, Geschichte Roms und der Päpste im Mittelalter, I, 59 sqq., 284 Sqq.; WITTIG, Studien zur Geschichte des Papstes Innocenz I. und der Papstwahlen des V. Jahrh. in Tübinger Theol. Quartalschrift (1902), 388-439; GEBHARDT, Die Bedeutung Innocenz I. für die Entwicklung der päpstlichen Gewalt (Leipzig, 1901).
Leer más...

SANTA TERESA HA DADO A SAN JOSÉ OTROS SERVICIOS

            Si santa Teresa ha dado a san José la paternidad de su Reforma, él es el Fundador, es lógico que le dé las particularidades de esa donación. Quien da lo más, da lo menos. Quien da una entidad, da las particularidades encerradas en esa entidad. Santa Teresa da a san José las particularidades de de su condición de Fundador. Así da a san José el título de sus conventos
            Para Santa Teresa los conventos por ella fundados a imagen y semejanza del primer convento de san José de Ávila y solar de ellos son las casas de san José. “Importó tanto el no tardarnos ni un día más para lo que tocaba a esta bendita casa (de san José). Muchas veces me espanta cuando lo considero y veo cuán particularmente quería su Majestad ayudarme para que se efectuase este rinconcito de Dios, que yo creo que lo es y morada en la que su Majestad se deleita, como una vez, estando en oración,  me dijo que era esta casa (de san José) paraíso de su deleite (V 35,12). Quien dice estas palabras  a santa Teresa es el mismo que dijo ya en el A. Testamento que encontraba sus delicias en estar con los hijos de los hombres (Sab 8,31). Ahora las encuentra, sus delicias, en estar con las hijas de san José en su convento de Ávila.
            Más tarde, después de decir a las que no estén a gusto en el convento que busquen otro o se marchen al mundo, añade: “porque esta casa es un cielo si le puede haber en la tierra; para quien se contenta solo de contentar a Dios, y no hace caso de contento suyo tiénese muy buena vida” (C 13,7).
            San Pedro de Alcántara le daba este juicio sobre el primer convento de san José de Ávila, este rinconcito. “Verdaderamente es propia casa esta de san José, porque en ella se me representa el pequeño Hospicio de Belén” (Año teresiano, 7  febrero).
            Estas expresiones y dichos podemos aplicarlos a todos los demás conventos fundados por la madre Teresa, porque el convento de san José es el principio y solar de todos ellos. 
Leer más
            Si santa Teresa ha dado a san José la paternidad de su Reforma, él es el Fundador, es lógico que le dé las particularidades de esa donación. Quien da lo más, da lo menos. Quien da una entidad, da las particularidades encerradas en esa entidad. Santa Teresa da a san José las particularidades de de su condición de Fundador. Así da a san José el título de sus conventos
            Para Santa Teresa los conventos por ella fundados a imagen y semejanza del primer convento de san José de Ávila y solar de ellos son las casas de san José. “Importó tanto el no tardarnos ni un día más para lo que tocaba a esta bendita casa (de san José). Muchas veces me espanta cuando lo considero y veo cuán particularmente quería su Majestad ayudarme para que se efectuase este rinconcito de Dios, que yo creo que lo es y morada en la que su Majestad se deleita, como una vez, estando en oración,  me dijo que era esta casa (de san José) paraíso de su deleite (V 35,12). Quien dice estas palabras  a santa Teresa es el mismo que dijo ya en el A. Testamento que encontraba sus delicias en estar con los hijos de los hombres (Sab 8,31). Ahora las encuentra, sus delicias, en estar con las hijas de san José en su convento de Ávila.
            Más tarde, después de decir a las que no estén a gusto en el convento que busquen otro o se marchen al mundo, añade: “porque esta casa es un cielo si le puede haber en la tierra; para quien se contenta solo de contentar a Dios, y no hace caso de contento suyo tiénese muy buena vida” (C 13,7).
            San Pedro de Alcántara le daba este juicio sobre el primer convento de san José de Ávila, este rinconcito. “Verdaderamente es propia casa esta de san José, porque en ella se me representa el pequeño Hospicio de Belén” (Año teresiano, 7  febrero).
            Estas expresiones y dichos podemos aplicarlos a todos los demás conventos fundados por la madre Teresa, porque el convento de san José es el principio y solar de todos ellos. 
Leer más...

Aviso Legal

La Asociación Blogueros con el Papa no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, que las expresarán, en todo momento, de manera individual y en caso alguno representa la opinión de la Asociación. 
 
Asociación "Blogueros con el Papa" © 2010