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¿Quién es San Melquíades?


 Fue elegido Papa en el 310 ó 311; murió el 10 u 11 de enero de 314. Después del destierro del Papa San Eusebio, la Sede de Roma estuvo vacante por un tiempo, probablemente a causa de las complicaciones surgidas debido a los apóstatas (lapsi), y que no fueron resueltas por el exilio de Eusebio y Heraclio. El 2 de julio del 310 ó 311, Melquíades (su nombre también se escribe Milcíades), nativo de África, fue elevado al pontificado. Existe incertidumbre en cuanto al año exacto, puesto que el Catálogo Liberiano de Papas (Duchesne, “Liber Pontificalis”, I, 9) da el 2 de julio de 311 como la fecha de la consagración del nuevo Papa (ex die VI non. iul. a cons. Maximiliano VIII solo, quod fuit mense septembri Volusiano et Rufino); pero en contradicción a esto se dice que la muerte del Papa ocurrió el 2 de enero del 314, y que la duración del pontificado son tres años, seis meses y ocho días; posiblemente debido al error de un escribano, debería decir «ann. II» en lugar de «ann. III»; y, por lo tanto, el año de su elevación al papado fue muy probablemente en el 311. Cerca de este tiempo (el 311 ó 310), un edicto de tolerancia firmado por los emperadores Galerio, Licinio y Constantino puso fin a la gran persecución de los cristianos, y se les permitió vivir como tales y asimismo reconstruir sus lugares de culto religioso (Eusebio de Cesarea, Hist. Eccl., VIII.17; Lactancio, Cómo murieron los perseguidores, 34). Sólo en aquellos países de Oriente que estaban bajo el dominio de Maximino Daia continuó la persecución de los cristianos. El emperador le dio ahora al Papa Melquíades en Roma el derecho a que se le restituyeran, por mediación del prefecto de la ciudad, todas las edificaciones eclesiásticas y posesiones que habían sido confiscadas durante las persecuciones. El Papa ordenó a los dos diáconos romanos, Strato y Casiano, que discutieran el asunto con el prefecto, y que tomaran posesión de las propiedades eclesiásticas (Agustín, Breviculus collationis cum Donatistis, III, 34); así fue posible una sólida reorganización de la administración eclesiástica y de la vida religiosa de los cristianos en Roma.
Melquíades hizo que los restos de su predecesor, Eusebio, fueran regresados de Sicilia a Roma y los mandó enterrar en una cripta en las catacumbas de San Calixto. El siguiente año, el Papa atestiguó el triunfo final de la Cruz con la derrota de Marco Aurelio Maxentio y la entrada a Roma del emperador Constantino (ahora converso al cristianismo), tras la victoria en el Puente Milviano (27 de octubre de 312). Después, el emperador obsequió a la Iglesia Romana con el Palacio de Letrán, el cual entonces se convirtió en la residencia del Papa y, consecuentemente, también en la sede de la administración central de la Iglesia Romana. La basílica contigua al palacio, o que fue construida allí después, se convirtió en la iglesia principal de Roma. En el 313, los donatistas vinieron a Constantino con la petición de que nombrara a obispos de Galia como jueces en la controversia del episcopado africano respecto a la consagración en Cartago de los dos obispos, Cæciliano y Mayorino. Constantino escribió sobre esto a Melquíades, y también a Marco, pidiéndole al Papa, junto con tres obispos de Galia, que diera una audiencia en Roma a Cæciliano y su oponente, y que resolviera el caso. El 2 de octubre de 313, se reunieron en el Palacio Lateranense, bajo la presidencia de Melquíades, un sínodo de dieciocho obispos de Galia e Italia, que, después de considerar meticulosamente la controversia donatista por tres días, decidieron a favor de Cæciliano, cuya elección y consagración como obispo de Cartago fue declarada legítima. En la biografía de Melquíades, en el Liber Pontificalis, se dice que en aquellos tiempos se encontraban los maniqueos en Roma; esto es muy posible, ya que el maniqueísmo comenzó a difundirse en Occidente en el siglo IV. La misma fuente atribuye a este Papa un decreto que prohibía terminantemente que los cristianos ayunaran los domingos o los jueves, «porque estos días eran guardados por los paganos como ayuno sagrado». Esta razón es sorprendente; es muy probable que salga del autor del “Liber Pontificalis”, quien con este supuesto decreto remonta una costumbre romana de su tiempo a una ordenanza de Melquíades. El “Liber Pontificalis” es, probablemente, no menos arbitrario al atribuir a este Papa el mérito de un decreto que indicaba que la Oblación consagrada por el Papa en una Misa solemne (refiriéndose al Pan Eucarístico) debía ser llevada a diferentes iglesias en Roma. Tal costumbre ciertamente existió en Roma (Duchesne, Culto cristiano, Londres, 1905, 185); pero no hay nada definitivo que muestre que haya sido introducida por Melquíades, como afirma el “Liber Pontificalis”.
Tras su muerte, el 10 u 11 de enero (el Catálogo Liberiano la registra como III id. jan.; el “Depositio Episcoporum” como IIII id. jan.), de 314, Melquíades fue sepultado en la catacumba de san Calixto y fue venerado como santo. De Rossi lo considera como altamente probable esta localización de la cripta de este Papa (Roma Sotterranea, II, 188 sq.). Su fiesta se celebraba en el siglo IV el 10 de enero, según el Martyrologium Hieronymianum. En el Martirologio romano actual ésta ocurre el 10 de diciembre.

Fuente: Liber Pontificalis, ed Duchesne, I, l68-196; Urbain Ein Martyrologium der christl. Gemeinde zu Rom (Leipzig, 1901), 118-119; Langen, Geschichte der römischen Kirche, I, 328 sqq.; Allard, Histoire des persécutions, V, 200, 203; Duchesne, Histoire ancienne de l'Eglise, II, 96, 97, 110-112.
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 Fue elegido Papa en el 310 ó 311; murió el 10 u 11 de enero de 314. Después del destierro del Papa San Eusebio, la Sede de Roma estuvo vacante por un tiempo, probablemente a causa de las complicaciones surgidas debido a los apóstatas (lapsi), y que no fueron resueltas por el exilio de Eusebio y Heraclio. El 2 de julio del 310 ó 311, Melquíades (su nombre también se escribe Milcíades), nativo de África, fue elevado al pontificado. Existe incertidumbre en cuanto al año exacto, puesto que el Catálogo Liberiano de Papas (Duchesne, “Liber Pontificalis”, I, 9) da el 2 de julio de 311 como la fecha de la consagración del nuevo Papa (ex die VI non. iul. a cons. Maximiliano VIII solo, quod fuit mense septembri Volusiano et Rufino); pero en contradicción a esto se dice que la muerte del Papa ocurrió el 2 de enero del 314, y que la duración del pontificado son tres años, seis meses y ocho días; posiblemente debido al error de un escribano, debería decir «ann. II» en lugar de «ann. III»; y, por lo tanto, el año de su elevación al papado fue muy probablemente en el 311. Cerca de este tiempo (el 311 ó 310), un edicto de tolerancia firmado por los emperadores Galerio, Licinio y Constantino puso fin a la gran persecución de los cristianos, y se les permitió vivir como tales y asimismo reconstruir sus lugares de culto religioso (Eusebio de Cesarea, Hist. Eccl., VIII.17; Lactancio, Cómo murieron los perseguidores, 34). Sólo en aquellos países de Oriente que estaban bajo el dominio de Maximino Daia continuó la persecución de los cristianos. El emperador le dio ahora al Papa Melquíades en Roma el derecho a que se le restituyeran, por mediación del prefecto de la ciudad, todas las edificaciones eclesiásticas y posesiones que habían sido confiscadas durante las persecuciones. El Papa ordenó a los dos diáconos romanos, Strato y Casiano, que discutieran el asunto con el prefecto, y que tomaran posesión de las propiedades eclesiásticas (Agustín, Breviculus collationis cum Donatistis, III, 34); así fue posible una sólida reorganización de la administración eclesiástica y de la vida religiosa de los cristianos en Roma.
Melquíades hizo que los restos de su predecesor, Eusebio, fueran regresados de Sicilia a Roma y los mandó enterrar en una cripta en las catacumbas de San Calixto. El siguiente año, el Papa atestiguó el triunfo final de la Cruz con la derrota de Marco Aurelio Maxentio y la entrada a Roma del emperador Constantino (ahora converso al cristianismo), tras la victoria en el Puente Milviano (27 de octubre de 312). Después, el emperador obsequió a la Iglesia Romana con el Palacio de Letrán, el cual entonces se convirtió en la residencia del Papa y, consecuentemente, también en la sede de la administración central de la Iglesia Romana. La basílica contigua al palacio, o que fue construida allí después, se convirtió en la iglesia principal de Roma. En el 313, los donatistas vinieron a Constantino con la petición de que nombrara a obispos de Galia como jueces en la controversia del episcopado africano respecto a la consagración en Cartago de los dos obispos, Cæciliano y Mayorino. Constantino escribió sobre esto a Melquíades, y también a Marco, pidiéndole al Papa, junto con tres obispos de Galia, que diera una audiencia en Roma a Cæciliano y su oponente, y que resolviera el caso. El 2 de octubre de 313, se reunieron en el Palacio Lateranense, bajo la presidencia de Melquíades, un sínodo de dieciocho obispos de Galia e Italia, que, después de considerar meticulosamente la controversia donatista por tres días, decidieron a favor de Cæciliano, cuya elección y consagración como obispo de Cartago fue declarada legítima. En la biografía de Melquíades, en el Liber Pontificalis, se dice que en aquellos tiempos se encontraban los maniqueos en Roma; esto es muy posible, ya que el maniqueísmo comenzó a difundirse en Occidente en el siglo IV. La misma fuente atribuye a este Papa un decreto que prohibía terminantemente que los cristianos ayunaran los domingos o los jueves, «porque estos días eran guardados por los paganos como ayuno sagrado». Esta razón es sorprendente; es muy probable que salga del autor del “Liber Pontificalis”, quien con este supuesto decreto remonta una costumbre romana de su tiempo a una ordenanza de Melquíades. El “Liber Pontificalis” es, probablemente, no menos arbitrario al atribuir a este Papa el mérito de un decreto que indicaba que la Oblación consagrada por el Papa en una Misa solemne (refiriéndose al Pan Eucarístico) debía ser llevada a diferentes iglesias en Roma. Tal costumbre ciertamente existió en Roma (Duchesne, Culto cristiano, Londres, 1905, 185); pero no hay nada definitivo que muestre que haya sido introducida por Melquíades, como afirma el “Liber Pontificalis”.
Tras su muerte, el 10 u 11 de enero (el Catálogo Liberiano la registra como III id. jan.; el “Depositio Episcoporum” como IIII id. jan.), de 314, Melquíades fue sepultado en la catacumba de san Calixto y fue venerado como santo. De Rossi lo considera como altamente probable esta localización de la cripta de este Papa (Roma Sotterranea, II, 188 sq.). Su fiesta se celebraba en el siglo IV el 10 de enero, según el Martyrologium Hieronymianum. En el Martirologio romano actual ésta ocurre el 10 de diciembre.

Fuente: Liber Pontificalis, ed Duchesne, I, l68-196; Urbain Ein Martyrologium der christl. Gemeinde zu Rom (Leipzig, 1901), 118-119; Langen, Geschichte der römischen Kirche, I, 328 sqq.; Allard, Histoire des persécutions, V, 200, 203; Duchesne, Histoire ancienne de l'Eglise, II, 96, 97, 110-112.
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SAN JOSÉ ANTE EL MISTERIO DEL EMBARAZO DE SU ESPOSA MARÍA

            El silencio de san José no es solo contemplativo sino que, precisamente por ser contemplativo, es un silencio doloroso. Dice santa Teresa que Dios a los contemplativos, a los que más ama les manda mayores trabajos y sufrimientos. “Son intolerables los trabajos que Dios da a los contemplativos” (C 18,1) y ellos desean padecerlos. “Pocos veo verdaderos contemplativos que no los vea animosos y determinados a padecer” (C 18,2).”He tratado muchos contemplativos y… como otros precian oro y joyas, precian ellos los trabajos y los desean” (C 36,9)
            San José es el contemplativo por excelencia y por eso su silencio es el más sublime. Esto le vemos particularmente en su actitud y postura ante el misterio del embarazo de su esposa María, sin saber de donde viene “No sabía cómo comportarse ante la sorprendente maternidad de María. Ciertamente que buscaba una respuesta a la importante pregunta, pero sobre todo buscaba una solución aquella situación para él         tan difícil” (RC 3).
            Rumia el problema en silencio y en su interior trata de encontrar una solución, siempre con la seguridad de que Dios lo solucionará a su tiempo, porque el sabe que solo Dios puede solucionar nuestros problemas arduos y difíciles. San José calla, guarda un profundo y absoluto silencio; en dolor, en calma, en paz, en serenidad silenciosa y profunda busca en su interior solucionar el asunto que improvisamente se le ha presentado. Para nada piensa en hablar. Ama entrañablemente a su esposa que le pone en una situación embarazosa por el embarazo inesperado. El silencio constituye la mejor comunicación cuando el corazón rebosa de amor. Cuando el amor es sincero y rebosa en el corazón, el silencio en el dolor une; las palabras tantas veces estropean la comunicación en profundidad entre dos seres que se aman entrañablemente.
            Alguno se pregunta por qué san José no hablo de lo que veía en María que le hubiese explicado el misterio. Pues no le habló precisamente porque era justo y santo y no quería hacerla sufrir ni en lo más mínimo: “no quiso que a la Virgen se le molestara ni en las cosas más mínimas”, escribe san Juan Crisóstomo. El silencio doloroso de san José es la expresión de su grandeza de alma y de la hondura de su amor y de la esperanza ciertísima de que Dios habla en la soledad y en el silencio. En el amor el silencio vale más que un largo discurso. San José sabe que en el silencio y en la esperanza está la fortaleza del hombre (Is 30,15).
            El descubrimiento de este misterio le mete en una prueba muy dolorosa. ¿Qué hacer? A José no le pasó por el pensamiento delatarla como una adúltera, que hubiera silo lo inmediato de otro que no fuera José. No pierde la calma, reflexiona consigo mismo, es justo. Le vienen mil pensamientos y entre ellos, recoge el evangelista san Mateo, el de abandonarla secretamente, pero no pasa del pensamiento. Es un momento, o unos momentos, muy duros. No lo comenta con nadie. Permanece en un silencio, pero un silencio doloroso, causado por el silencio de Dios, silencio de Dios que encontró su momento supremo, su cenit, su clímax en la muerte de su hijo Jesucristo en silencio y soledad. El tiempo que pasó esta noche oscura, que no sabemos cuánto fue, lo pasó en silencio doloroso. San José afrontó en el silencio más absoluto, a solas con su Dios, el tormento y la tormenta de no explicarse lo que pasaba. Y seguro que no dudó lo más mínimo de la fidelidad de su esposa, María, pues la conocía y sabía que era integra, justa, santísima. Su duda es sobre la actitud que debe adoptar ante el misterio que tiene delante. “No sabía cómo comportase ante la sorprendente maternidad de María”.
            San José por ser justo, honrado, misericordioso y santo no ha encontrado una actitud mejor que la del silencio doloroso. Porqué el silencio es la expresión más noble del más profundo dolor de un hombre justo que sufre desde su santidad, cuando se presenta una desgracia, una desventura o una tragedia. Cuando se pierde un ser querido, el dolor se acoge a un silencio profundo y serio. Dos enamorados ante una situación comprometida guardan silencio o se miran a los ojos.
            Así quiero figurarme a José y María cuando se encontraron por primera vez después del embarazo de ella. José no expresó nada por no disgustarla o molestarla y únicamente comenzó a pensar para sus adentros a ver qué es lo que convenía hacer ante un hecho tan sorprendente e inesperado, abandonándose en los brazos de su Dios que no nunca abandona al que confía en él. De él le vendrá la solución.


                                                                       P. Román Llamas. ocd      
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            El silencio de san José no es solo contemplativo sino que, precisamente por ser contemplativo, es un silencio doloroso. Dice santa Teresa que Dios a los contemplativos, a los que más ama les manda mayores trabajos y sufrimientos. “Son intolerables los trabajos que Dios da a los contemplativos” (C 18,1) y ellos desean padecerlos. “Pocos veo verdaderos contemplativos que no los vea animosos y determinados a padecer” (C 18,2).”He tratado muchos contemplativos y… como otros precian oro y joyas, precian ellos los trabajos y los desean” (C 36,9)
            San José es el contemplativo por excelencia y por eso su silencio es el más sublime. Esto le vemos particularmente en su actitud y postura ante el misterio del embarazo de su esposa María, sin saber de donde viene “No sabía cómo comportarse ante la sorprendente maternidad de María. Ciertamente que buscaba una respuesta a la importante pregunta, pero sobre todo buscaba una solución aquella situación para él         tan difícil” (RC 3).
            Rumia el problema en silencio y en su interior trata de encontrar una solución, siempre con la seguridad de que Dios lo solucionará a su tiempo, porque el sabe que solo Dios puede solucionar nuestros problemas arduos y difíciles. San José calla, guarda un profundo y absoluto silencio; en dolor, en calma, en paz, en serenidad silenciosa y profunda busca en su interior solucionar el asunto que improvisamente se le ha presentado. Para nada piensa en hablar. Ama entrañablemente a su esposa que le pone en una situación embarazosa por el embarazo inesperado. El silencio constituye la mejor comunicación cuando el corazón rebosa de amor. Cuando el amor es sincero y rebosa en el corazón, el silencio en el dolor une; las palabras tantas veces estropean la comunicación en profundidad entre dos seres que se aman entrañablemente.
            Alguno se pregunta por qué san José no hablo de lo que veía en María que le hubiese explicado el misterio. Pues no le habló precisamente porque era justo y santo y no quería hacerla sufrir ni en lo más mínimo: “no quiso que a la Virgen se le molestara ni en las cosas más mínimas”, escribe san Juan Crisóstomo. El silencio doloroso de san José es la expresión de su grandeza de alma y de la hondura de su amor y de la esperanza ciertísima de que Dios habla en la soledad y en el silencio. En el amor el silencio vale más que un largo discurso. San José sabe que en el silencio y en la esperanza está la fortaleza del hombre (Is 30,15).
            El descubrimiento de este misterio le mete en una prueba muy dolorosa. ¿Qué hacer? A José no le pasó por el pensamiento delatarla como una adúltera, que hubiera silo lo inmediato de otro que no fuera José. No pierde la calma, reflexiona consigo mismo, es justo. Le vienen mil pensamientos y entre ellos, recoge el evangelista san Mateo, el de abandonarla secretamente, pero no pasa del pensamiento. Es un momento, o unos momentos, muy duros. No lo comenta con nadie. Permanece en un silencio, pero un silencio doloroso, causado por el silencio de Dios, silencio de Dios que encontró su momento supremo, su cenit, su clímax en la muerte de su hijo Jesucristo en silencio y soledad. El tiempo que pasó esta noche oscura, que no sabemos cuánto fue, lo pasó en silencio doloroso. San José afrontó en el silencio más absoluto, a solas con su Dios, el tormento y la tormenta de no explicarse lo que pasaba. Y seguro que no dudó lo más mínimo de la fidelidad de su esposa, María, pues la conocía y sabía que era integra, justa, santísima. Su duda es sobre la actitud que debe adoptar ante el misterio que tiene delante. “No sabía cómo comportase ante la sorprendente maternidad de María”.
            San José por ser justo, honrado, misericordioso y santo no ha encontrado una actitud mejor que la del silencio doloroso. Porqué el silencio es la expresión más noble del más profundo dolor de un hombre justo que sufre desde su santidad, cuando se presenta una desgracia, una desventura o una tragedia. Cuando se pierde un ser querido, el dolor se acoge a un silencio profundo y serio. Dos enamorados ante una situación comprometida guardan silencio o se miran a los ojos.
            Así quiero figurarme a José y María cuando se encontraron por primera vez después del embarazo de ella. José no expresó nada por no disgustarla o molestarla y únicamente comenzó a pensar para sus adentros a ver qué es lo que convenía hacer ante un hecho tan sorprendente e inesperado, abandonándose en los brazos de su Dios que no nunca abandona al que confía en él. De él le vendrá la solución.


                                                                       P. Román Llamas. ocd      
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San Marcelo


 Jesús carga la Cruz En la serie de los Pontífices (que hasta 1994 ya eran 265) el Papa Marcelo ocupa el puesto número 30. Fue Pontífice por un año: del 308 al 309. El nombre "Marcelo" significa: "Guerrero".

Era uno de los más valientes sacerdotes de Roma en la terrible persecución de Diocleciano en los años 303 al 305. Animaba a todos a permanecer fieles al cristianismo aunque los martirizaran.
Elegido Sumo Pontífice se dedicó a reorganizar la Iglesia que estaba muy desorganizada porque ya hacía 4 años que había muerto el último Pontífice, San Marcelino. Era un hombre de carácter enérgico, aunque moderado, y se dedicó a volver a edificar los templos destruidos en la anterior persecución. Dividió Roma en 25 sectores y al frente de cada uno nombró a un Presbítero (o párroco). Construyó un nuevo cementerio que llegó a ser muy famoso y se llamó "Cementerio del Papa Marcelo".
Muchos cristianos habían renegado de la fe, por miedo en la última persecución, pero deseaban volver otra vez a pertenecer a la Iglesia. Unos (los rigoristas) decían que nunca más se les debía volver a aceptar. Otros (los manguianchos) decían que había que admitirlos sin más ni más otra vez a la religión. Pero el Papa Marcelo, apoyado por los mejores sabios de la Iglesia, decretó que había que seguir un término medio: sí aceptarlos otra vez en la religión si pedían ser aceptados, pero no admitirlos sin más ni más, sino exigirles antes que hicieran algunas penitencias por haber renegado de la fe, por miedo, en la persecución.
Muchos aceptaron la decisión del Pontífice, pero algunos, los más perezosos para hacer penitencias, promovieron tumultos contra él. Y uno de ellos, apóstata y renegado, lo acusó ante el emperador Majencio, el cual, abusando de su poder que no le permitía inmiscuirse en los asuntos internos de la religión, decretó que Marcelo quedaba expulsado de Roma. Era una expulsión injusta porque él no estaba siendo demasiado riguroso sino que estaba manteniendo en la Iglesia la necesaria disciplina, porque si al que a la primera persecución ya reniega de la fe se le admite sin más ni más, se llega a convertir la religión en un juego de niños.

El Papa San Dámaso escribió medio siglo después el epitafio del Papa Marcelo y dice allí que fue expulsado por haber sido acusado injustamente por un renegado.
El "Libro Pontifical", un libro sumamente antiguo, afirma que en vez de irse al destierro, Marcelo se escondió en la casa de una señora muy noble, llamada Lucina, y que desde allí siguió dirigiendo a los cristianos y que así aquella casa se convirtió en un verdadero templo, porque allí celebraba el Pontífice cada día.
Un Martirologio (o libro que narra historias de mártires) redactado en el siglo quinto, dice que el emperador descubrió dónde estaba escondido Marcelo e hizo trasladar allá sus mulas y caballos y lo obligó a dedicarse a asear esa enorme pesebrera, y que agotado de tan duros trabajos falleció el Pontífice en el año 209.
La casa de Lucina fue convertida después en "Templo de San Marcelo" y es uno de los templos de Roma que tiene por titular a un Cardenal.

Fuente: Ewtn. 
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 Jesús carga la Cruz En la serie de los Pontífices (que hasta 1994 ya eran 265) el Papa Marcelo ocupa el puesto número 30. Fue Pontífice por un año: del 308 al 309. El nombre "Marcelo" significa: "Guerrero".

Era uno de los más valientes sacerdotes de Roma en la terrible persecución de Diocleciano en los años 303 al 305. Animaba a todos a permanecer fieles al cristianismo aunque los martirizaran.
Elegido Sumo Pontífice se dedicó a reorganizar la Iglesia que estaba muy desorganizada porque ya hacía 4 años que había muerto el último Pontífice, San Marcelino. Era un hombre de carácter enérgico, aunque moderado, y se dedicó a volver a edificar los templos destruidos en la anterior persecución. Dividió Roma en 25 sectores y al frente de cada uno nombró a un Presbítero (o párroco). Construyó un nuevo cementerio que llegó a ser muy famoso y se llamó "Cementerio del Papa Marcelo".
Muchos cristianos habían renegado de la fe, por miedo en la última persecución, pero deseaban volver otra vez a pertenecer a la Iglesia. Unos (los rigoristas) decían que nunca más se les debía volver a aceptar. Otros (los manguianchos) decían que había que admitirlos sin más ni más otra vez a la religión. Pero el Papa Marcelo, apoyado por los mejores sabios de la Iglesia, decretó que había que seguir un término medio: sí aceptarlos otra vez en la religión si pedían ser aceptados, pero no admitirlos sin más ni más, sino exigirles antes que hicieran algunas penitencias por haber renegado de la fe, por miedo, en la persecución.
Muchos aceptaron la decisión del Pontífice, pero algunos, los más perezosos para hacer penitencias, promovieron tumultos contra él. Y uno de ellos, apóstata y renegado, lo acusó ante el emperador Majencio, el cual, abusando de su poder que no le permitía inmiscuirse en los asuntos internos de la religión, decretó que Marcelo quedaba expulsado de Roma. Era una expulsión injusta porque él no estaba siendo demasiado riguroso sino que estaba manteniendo en la Iglesia la necesaria disciplina, porque si al que a la primera persecución ya reniega de la fe se le admite sin más ni más, se llega a convertir la religión en un juego de niños.

El Papa San Dámaso escribió medio siglo después el epitafio del Papa Marcelo y dice allí que fue expulsado por haber sido acusado injustamente por un renegado.
El "Libro Pontifical", un libro sumamente antiguo, afirma que en vez de irse al destierro, Marcelo se escondió en la casa de una señora muy noble, llamada Lucina, y que desde allí siguió dirigiendo a los cristianos y que así aquella casa se convirtió en un verdadero templo, porque allí celebraba el Pontífice cada día.
Un Martirologio (o libro que narra historias de mártires) redactado en el siglo quinto, dice que el emperador descubrió dónde estaba escondido Marcelo e hizo trasladar allá sus mulas y caballos y lo obligó a dedicarse a asear esa enorme pesebrera, y que agotado de tan duros trabajos falleció el Pontífice en el año 209.
La casa de Lucina fue convertida después en "Templo de San Marcelo" y es uno de los templos de Roma que tiene por titular a un Cardenal.

Fuente: Ewtn. 
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Porqué la Virgen María continúa siendo el Modelo del Discípulo Cristiano de Hoy.


Recientemente, el día de la Solemnidad de la Asunción de María, durante una reunión amistosa, algunos nos comentaban que les parecía irrelevante esta fiesta, que no tenía ningún sentido para los cristianos de hoy. Al continuar escuchando los comentarios, me di cuenta que no sólo cuestionaban el valor y la relevancia de esta solemnidad, sino que también el rol de María en la Historia de la Salvación. Entre los presentes, había graduados de colegios católicos, pero sus testimonios constataban que su fe estaba más bien ligada a recuerdos de la devoción mariana de sus padres, abuelos y personas de antaño, citando actos de religiosidad popular y tradiciones familiares. María no se veía presente en la realidad de sus vidas.

                Es paradógico, que María es, por una parte, una invitación al Catolicismo, mientras que por otra, es un obstáculo, principalmente para los protestantes y para muchos Católicos alejados, pero hay testimonios que nos pueden alentar. Curiosamente, María fue también en cierto momento de su vida un obstáculo en el viaje espiritual de un joven polaco, Karol Wojtyla, que creció en un país de profunda tradición mariana y más tarde llegó a ser el Papa Juan Pablo II, el primer papa que, en su Obra Don y Misterio, hizo público un relato de su esfuerzo por discernir su vocación cristiana. Como él mismo dice, cuando abandonó su natal  Wadowice para ir a la universidad «Jagiellonian» de Cracovia, se sintió abrumado por la  devoción de su patria hacia María: «Empecé a cuestionar mi devoción a María, convencido de que, si llegaba a ser demasiado intensa, podría acabar por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo».

                Escasamente reconoceríamos estas últimas palabras que emanaron del mismo santo que dedicó su pontificado a María. La figura de María, más que un obstáculo para encontrar a Cristo vivo, fue para él el camino privilegiado para acceder a Cristo. Durante la brutal ocupación nazi de Polonia,  en la Segunda Guerra Mundial, Karol Wojtyla empezó a leer al teólogo francés San Luis Grignion de Montfort (1673-1716). La obra más importante de Montfort, ‘Verdadera Devoción a María’, enseñó a Wojtyla que la auténtica devoción mariana es, en realidad, cristocéntrica, porque «nos conduce necesariamente a Cristo, y por medio de Cristo, que es hijo de María e Hijo de Dios, nos introduce en el misterio mismo de Dios, en la Santísima Trinidad.

                Podemos confirmar lo que escribe Montfort en la fuente original, el Nuevo Testamento. La última palabra que pronuncia María en el Evangelio es: “Haced lo que Él os diga”, dirigida a los sirvientes de la boda de Caná (Jn 2, 5). Este breve pasaje resume la función específica de María en la Historia de la Salvación.  Desde el momento de la Encarnación, María manifiesta desde lo más profundo de su corazón que está dispuesta a conducir su vida, no en torno así misma, sino hacia su Hijo, que también en la carne es Hijo de Dios. María nos introduce en el corazón de la Santísima Trinidad. Al definir Montfort toda verdadera devoción a María esencialmente cristocéntrica y trinitaria, nos muestra que es una invitación a un encuentro más íntimo con el misterio de la Encarnación y el de la Trinidad, para reflexionar más profundamente sobre quiénes somos y quién es realmente Dios. Sólo así podemos ser fieles a nosotros mismos, como lo fue María.

                San Juan Pablo Magno, frente al santuario mariano de Czestochowa en 1979, en su primera visita papal a Polonia, fue contundente en su testimonio: «Soy un hombre de profunda confianza; y aquí es donde aprendí a serlo. Aquí aprendí a confiar, en oración ante esta imagen de María que nos introduce en el misterio de la función especial que ella desempeña en la historia de salvación que, a su vez, es la historia humana leída en profundidad. Aprendí a confiar no en «opciones» o «estrategias de éxito», sino en la madre que siempre termina llevándonos a su Hijo, Cristo, y que nunca es infiel a sus promesas».

                Aprovechemos la gran riqueza que nos ofrece la Teología Católica sobre María. El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar sugiere que la Iglesia, en todas sus etapas, está configurada a imagen de las grandes figuras del Nuevo Testamento: la Iglesia que proclama y evangeliza reproduce la imagen de Pablo, apóstol de los gentiles; la Iglesia que contempla y cultiva el misticismo se configura a imagen del apóstol Juan, el discípulo preferido de Jesús, que se reclinó sobre el pecho del Maestro en la Ultima Cena; la Iglesia que ejerce su autoridad actualiza la imagen de Pedro, al que Cristo confió el poder de las llaves, es decir, el poder de atar y desatar, y al que mandó que «fortaleciera la fe de sus hermanos» (Lc 22,3), y la iglesia que vive como «discípulo», que es la base de todo lo demás, tiene su imagen en una mujer, María, la primera de todos los discípulos y, por tanto, madre de la Iglesia….Este es el fiat de María en su totalidad. De María podemos aprender una sola lección cuyo aprendizaje transcurrirá a lo largo de nuestra vida y que tanto trabajo nos cuesta aprender, ya que estamos condicionados por la cultura contemporánea a la falta de confianza.

                María comprende gracias a su humildad, que sólo Dios proveerá, mientras que en nuestra cultura, se habla de «Dejar abiertas las opciones» que no es ciertamente, el mejor camino hacia la felicidad o la santidad, sino una trampa que acaba por destruirnos. Con frecuencia escuchamos que esta generación ‘no está abierta al compromiso’. La razón: es una generación que ha perdido la confianza en Dios y en sí misma, no obstante la exaltación de la auto-estima en nuestra cultura.  Por eso, no debe de extrañarnos escuchar todas esas noticias y comentarios sobre lo que regularmente charlamos: infidelidad, adulterio, destrucción de la familia; políticos y servidores públicos que traicionan su compromiso de servir al pueblo; sacerdotes y religiosos que traicionan sus votos de fidelidad a Cristo y a la Iglesia; las vidas de las estrellas de cine, como si fueran ejemplares;  maestros universitarios que prefieren el lenguaje ‘políticamente correcto’ a enseñar la verdad; la injerencia del narco en el poder político; el lavado de dinero; y el aborto, que se ha convertido en el holocausto moderno, que ha cobrado más vidas que todas las guerras combinadas, partiendo de la Guerra de Corea (1952), hasta nuestros días.  Esto es comprensible, hablamos mucho, pero la puerta de nuestro corazón sólo está abierta a ‘opciones personales’, es decir, puro egoísmo disfrazado con el eufemismo de ‘superación personal’. El éxito lo justifica todo.

                Más allá de la frivolidad que nos ofrecen los medios, debiéramos ver hacia el interior. Esa falta de confianza que enferma a esta sociedad que ha optado por el relativismo moral, hincándose ante el ídolo moderno de la tolerancia, ha creado un vacío en las almas de los jóvenes, principalmente, que nos bloquea el acceso a la misma gracia de Dios. Por eso, tampoco debiera extrañarnos que tantos jóvenes se identificaran con San Juan Pablo II, que era el compromiso encarnado, aún en sus últimos años. Prueba de esta identificación fueron las Jornadas Mundiales de la Juventud, que han continuado. La próxima será  Cracovia 2016, en su tierra. En una cultura popular en que los padres son distantes para sus hijos, que escasamente dialogan, juegan y comparten su vida, muchas veces separados por divorcios, paternidad a proxi y heridos por conflictos, estos jóvenes encontraron irresistible al santo que platicaba, jugaba y reía con ellos. Al mismo tiempo, demostró coherencia en sus compromisos y jamás exigió compromisos que él no hubiera aceptado.


                                 Reflexionemos sobre nuestra vocación en la vida. Por eso, él no dudó en incluir el episodio de Caná en los Misterios Luminosos del rosario. Todos tenemos una vocación, que es algo único que podemos realizar sólo con la providencia de Dios. María nos invita a vivir en una profunda y gozosa confianza en Cristo, sin reservas. No nos conformemos con meras especulaciones y cálculos. Es el camino a la felicidad, a la plenitud y a la santidad. Es un camino de comunión y liberación.

                En su fiat inicial, en la Anunciación, María pone de relieve que Ella es la primera entre los discípulos de Jesús y el modelo absoluto de la vocación cristiana. Después del saludo del ángel, llena de gracia, no entra en negociaciones ni en contratos pre-maternales, a la manera de los contratos pre-nupciales que se usan hoy en día. Para Ella no hay estrategias de éxito ni opciones que dejar abiertas. Ella sólo confía en el plan de Dios y emite su exquisita respuesta: “He aquí la esclava del señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38). Su perfecta  confianza se extiende más allá del tiempo, y entra en la eternidad.

En la doctrina católica, María es el primer discípulo en todos los sentidos. Ese es precisamente el significado de la «Asunción», que nos enseña que María, después de morir, en su «dormición», fue «elevada» al cielo en cuerpo y alma. La Iglesia ratificó esta enseñanza hasta 1950, con la Bula Munificentissimus Deus, del Papa Pío XII, pero la fe en el destino glorioso del alma y del cuerpo de la Madre del Señor después de su muerte ya existía; desde Oriente se difundió a Occidente con gran rapidez y se generalizó. Hay escritos de los historiadores eclesiásticos del siglo IV que se refieren a la Asunción de María como una tradición muy antigua. En el Siglo V se hablaba del Memorial de María y en el Siglo VI, los historiadores citan la Dormición. Debido a su unanimidad, la fuente no puede ser otra que los mismos apóstoles y por lo tanto, es  revelación divina, ya que la Revelación, según enseña la Iglesia, termina con la muerte de San Juan. A partir del Siglo VII, el Papa Sergio I promovió procesiones a la Basílica Santa María la Mayor el día de la Asunción, como expresión de la creencia popular en esta verdad tan gozosa. Por lo tanto, el dogma de la Asunción es liberador, ya que nos confirma la certeza de que tenemos a Nuestra Madre gloriosa en el cielo.

                San Juan Damasceno, el año 754 subraya la relación entre la participación en la Pasión y el destino glorioso: «Era necesario que aquélla que había visto a su Hijo en la Cruz y recibido en pleno corazón la espada del dolor... contemplara a ese Hijo suyo sentado a la diestra del Padre».

                En su Catequesis del 2 de Julio de 1997, el Papa Juan Pablo II nos dice: "El Nuevo Testamento, aun sin afirmar explícitamente la Asunción de María, ofrece su fundamento, porque pone muy bien de relieve la unión perfecta de la Santísima Virgen con el destino de Jesús. Esta unión, que se manifiesta ya desde la prodigiosa concepción del Salvador, en la participación de la Madre en la misión de su Hijo y, sobre todo, en su asociación al sacrificio redentor, no puede por menos de exigir una continuación después de la muerte. María, perfectamente unida a la vida y a la obra salvífica de Jesús, compartió su destino celeste en alma y cuerpo."

                Al entrar el fiat de María en la eternidad, también eleva a los humildes. La fiesta de la Asunción prueba literalmente que Dios eleva a los humildes. María es elevada a la vida eterna junto a su Hijo, mientras que nosotros seguimos atados a nuestro instinto de auto-preservación. Seguimos llenándonos de nosotros mismos con actitudes individualistas tales como: ‘Si yo no me ocupo de ser el primero, entonces ¿quién lo hará?’ Pidámosle a María que nos ayude a vivir más como Ella y a experimentar la verdadera alegría. Que nos ayude a cantar un Magnificat desde nuestras propias almas.

                Al reflexionar sobre el Magnificat, hagamos una pausa para asimilar qué significa la dispersión de los soberbios (Lc. 1, 51). Veamos qué sucede a los soberbios. Para saber quiénes son los soberbios, no hace falta mirar más allá de nosotros mismos, que tenemos que luchar constantemente con esta maliciosa raíz de todos nuestros pecados. María se pone feliz cuando la soberbia se dispersa y nuestra perspectiva se amplía. En vez de seguir viendo las cosas desde una perspectiva miope, nos abrimos a los pensamientos que guardamos en nuestros corazones para reconocer a nuestros hermanos y sus necesidades. Esa es el corazón de María.

                A las mujeres, María nos llama a no renunciar a nuestra naturaleza esencial ni a nuestra vocación. La cultura contemporánea nos quiere privar de los dones que Dios nos ha dado, reduciéndonos a objetos de una sociedad de consumo. Nos alimenta de las ‘bellotas de los puercos’, como lo deseaba el hijo pródigo, cuando no le daban nada en aquel país extraño (Lc 15, 16).  Esto se manifiesta en las modas, en la explotación sexual a la que muchas veces la mujer se somete por propio consentimiento; en el aborto, donde la mujer convierte su vientre en un sepulcro para su bebé, en vez de ser una fuente de vida; en la familia, donde también ha visto vulnerado su rol de madre y esposa; en el terreno político y social, donde ha ganado ciertos derechos que atentan contra su propia dignidad. Somos la generación que hemos obtenido más oportunidades de desarrollo humano y profesional, pero nos hemos ido alejando de Dios para ocuparnos de ‘las opciones’ de superación que nos ofrece el mundo, en vez de mirar hacia la verdad de Cristo y guardar ‘todas esas cosas en nuestro corazón’ como lo hacía María.  Desde las cenizas de los más brutales regímenes del siglo XX –entre Nazis y Comunistas- surgió la luz de santidad de Juan Pablo II, plenamente feliz y con un corazón que desbordaba de amor, como un hijo de María.  También nosotros estamos llamados a despojarnos de las cenizas de la dictadura del relativismo para vivir en la civilización del amor.

                Y nosotros…..¿Dónde estamos depositando nuestro fiat? María pronunció su fiat original al Padre, a través del ángel y el Padre lo depositó en el Hijo, para ser consumado en la Madre y el Hijo a través del Espíritu Santo. Cuando el Padre recibe todo este fiat trinitario, lo distribuye a la humanidad por medio de la Eucaristía y el Espíritu Santo. Fue una alianza sellada originalmente entre el Padre y la Madre por la mediación del Espíritu. Nosotros, al depositar nuestra confianza en las ‘opciones’ que nos presenta la sociedad moderna -que con frecuencia traiciona nuestra confianza y nos hace dudar, más que creer- nos dejamos seducir por el materialismo y nuestra cultura sólo ofrece terapias como compensación. Esta sociedad terapéutica nos ofrece un analgésico, un calmante o un soma, y nos desecha.

                Seamos discípulos de Cristo, como María, con una vocación de Madre universal. Nuestra vida está en manos de Dios y no podemos abandonarla en nuestras propias manos,  ya que no somos dioses. Hablemos de María a nuestros seres queridos y recemos el santo Rosario. Encomendémonos a Ella, en el mismo espíritu en que lo hacían San Luis Grignion de Montfort y San Juan Pablo Magno, con un gozoso ‘Totus Tuus’.  

                                                            -Yvette Camou-


                      Referencias Bibliográficas:

Biblia de Jerusalén. Desclée de Brouwer. 2008. Bilbao, España.

Cardozo, Joaquín, SJ. ‘Estudios sobre la Asunción’/Documentos Históricos sobre la Asunción. Encuentra.com

Louth, Andrew. 'St John Damascene: Tradition and Originality in Byzantine Theology (Oxford Early Christian Studies). Oxford University Press. 2005.  Pág. 73.

Monfort, St. Louis-Marie Grignion. ‘True Devotion to Mary’. Págs. 77, 79 & 123-124.  Tan Books & Publishers. Rockford, Illinois. 1985.

Reilly, Steven, LC. ‘God lifts up the Lowly’. Catholic.net.

Von Speyr, Adrienne. ‘Handmaid of the Lord’.  Págs. 15-16. Ignatius Press. 1985.

Weigel, George. ‘Witness to Hope: The Biography of John Paul II’. Págs. 60, 61, 310. Harper-Collins/Cliff Street Books. 1999.
               

                
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Recientemente, el día de la Solemnidad de la Asunción de María, durante una reunión amistosa, algunos nos comentaban que les parecía irrelevante esta fiesta, que no tenía ningún sentido para los cristianos de hoy. Al continuar escuchando los comentarios, me di cuenta que no sólo cuestionaban el valor y la relevancia de esta solemnidad, sino que también el rol de María en la Historia de la Salvación. Entre los presentes, había graduados de colegios católicos, pero sus testimonios constataban que su fe estaba más bien ligada a recuerdos de la devoción mariana de sus padres, abuelos y personas de antaño, citando actos de religiosidad popular y tradiciones familiares. María no se veía presente en la realidad de sus vidas.

                Es paradógico, que María es, por una parte, una invitación al Catolicismo, mientras que por otra, es un obstáculo, principalmente para los protestantes y para muchos Católicos alejados, pero hay testimonios que nos pueden alentar. Curiosamente, María fue también en cierto momento de su vida un obstáculo en el viaje espiritual de un joven polaco, Karol Wojtyla, que creció en un país de profunda tradición mariana y más tarde llegó a ser el Papa Juan Pablo II, el primer papa que, en su Obra Don y Misterio, hizo público un relato de su esfuerzo por discernir su vocación cristiana. Como él mismo dice, cuando abandonó su natal  Wadowice para ir a la universidad «Jagiellonian» de Cracovia, se sintió abrumado por la  devoción de su patria hacia María: «Empecé a cuestionar mi devoción a María, convencido de que, si llegaba a ser demasiado intensa, podría acabar por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo».

                Escasamente reconoceríamos estas últimas palabras que emanaron del mismo santo que dedicó su pontificado a María. La figura de María, más que un obstáculo para encontrar a Cristo vivo, fue para él el camino privilegiado para acceder a Cristo. Durante la brutal ocupación nazi de Polonia,  en la Segunda Guerra Mundial, Karol Wojtyla empezó a leer al teólogo francés San Luis Grignion de Montfort (1673-1716). La obra más importante de Montfort, ‘Verdadera Devoción a María’, enseñó a Wojtyla que la auténtica devoción mariana es, en realidad, cristocéntrica, porque «nos conduce necesariamente a Cristo, y por medio de Cristo, que es hijo de María e Hijo de Dios, nos introduce en el misterio mismo de Dios, en la Santísima Trinidad.

                Podemos confirmar lo que escribe Montfort en la fuente original, el Nuevo Testamento. La última palabra que pronuncia María en el Evangelio es: “Haced lo que Él os diga”, dirigida a los sirvientes de la boda de Caná (Jn 2, 5). Este breve pasaje resume la función específica de María en la Historia de la Salvación.  Desde el momento de la Encarnación, María manifiesta desde lo más profundo de su corazón que está dispuesta a conducir su vida, no en torno así misma, sino hacia su Hijo, que también en la carne es Hijo de Dios. María nos introduce en el corazón de la Santísima Trinidad. Al definir Montfort toda verdadera devoción a María esencialmente cristocéntrica y trinitaria, nos muestra que es una invitación a un encuentro más íntimo con el misterio de la Encarnación y el de la Trinidad, para reflexionar más profundamente sobre quiénes somos y quién es realmente Dios. Sólo así podemos ser fieles a nosotros mismos, como lo fue María.

                San Juan Pablo Magno, frente al santuario mariano de Czestochowa en 1979, en su primera visita papal a Polonia, fue contundente en su testimonio: «Soy un hombre de profunda confianza; y aquí es donde aprendí a serlo. Aquí aprendí a confiar, en oración ante esta imagen de María que nos introduce en el misterio de la función especial que ella desempeña en la historia de salvación que, a su vez, es la historia humana leída en profundidad. Aprendí a confiar no en «opciones» o «estrategias de éxito», sino en la madre que siempre termina llevándonos a su Hijo, Cristo, y que nunca es infiel a sus promesas».

                Aprovechemos la gran riqueza que nos ofrece la Teología Católica sobre María. El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar sugiere que la Iglesia, en todas sus etapas, está configurada a imagen de las grandes figuras del Nuevo Testamento: la Iglesia que proclama y evangeliza reproduce la imagen de Pablo, apóstol de los gentiles; la Iglesia que contempla y cultiva el misticismo se configura a imagen del apóstol Juan, el discípulo preferido de Jesús, que se reclinó sobre el pecho del Maestro en la Ultima Cena; la Iglesia que ejerce su autoridad actualiza la imagen de Pedro, al que Cristo confió el poder de las llaves, es decir, el poder de atar y desatar, y al que mandó que «fortaleciera la fe de sus hermanos» (Lc 22,3), y la iglesia que vive como «discípulo», que es la base de todo lo demás, tiene su imagen en una mujer, María, la primera de todos los discípulos y, por tanto, madre de la Iglesia….Este es el fiat de María en su totalidad. De María podemos aprender una sola lección cuyo aprendizaje transcurrirá a lo largo de nuestra vida y que tanto trabajo nos cuesta aprender, ya que estamos condicionados por la cultura contemporánea a la falta de confianza.

                María comprende gracias a su humildad, que sólo Dios proveerá, mientras que en nuestra cultura, se habla de «Dejar abiertas las opciones» que no es ciertamente, el mejor camino hacia la felicidad o la santidad, sino una trampa que acaba por destruirnos. Con frecuencia escuchamos que esta generación ‘no está abierta al compromiso’. La razón: es una generación que ha perdido la confianza en Dios y en sí misma, no obstante la exaltación de la auto-estima en nuestra cultura.  Por eso, no debe de extrañarnos escuchar todas esas noticias y comentarios sobre lo que regularmente charlamos: infidelidad, adulterio, destrucción de la familia; políticos y servidores públicos que traicionan su compromiso de servir al pueblo; sacerdotes y religiosos que traicionan sus votos de fidelidad a Cristo y a la Iglesia; las vidas de las estrellas de cine, como si fueran ejemplares;  maestros universitarios que prefieren el lenguaje ‘políticamente correcto’ a enseñar la verdad; la injerencia del narco en el poder político; el lavado de dinero; y el aborto, que se ha convertido en el holocausto moderno, que ha cobrado más vidas que todas las guerras combinadas, partiendo de la Guerra de Corea (1952), hasta nuestros días.  Esto es comprensible, hablamos mucho, pero la puerta de nuestro corazón sólo está abierta a ‘opciones personales’, es decir, puro egoísmo disfrazado con el eufemismo de ‘superación personal’. El éxito lo justifica todo.

                Más allá de la frivolidad que nos ofrecen los medios, debiéramos ver hacia el interior. Esa falta de confianza que enferma a esta sociedad que ha optado por el relativismo moral, hincándose ante el ídolo moderno de la tolerancia, ha creado un vacío en las almas de los jóvenes, principalmente, que nos bloquea el acceso a la misma gracia de Dios. Por eso, tampoco debiera extrañarnos que tantos jóvenes se identificaran con San Juan Pablo II, que era el compromiso encarnado, aún en sus últimos años. Prueba de esta identificación fueron las Jornadas Mundiales de la Juventud, que han continuado. La próxima será  Cracovia 2016, en su tierra. En una cultura popular en que los padres son distantes para sus hijos, que escasamente dialogan, juegan y comparten su vida, muchas veces separados por divorcios, paternidad a proxi y heridos por conflictos, estos jóvenes encontraron irresistible al santo que platicaba, jugaba y reía con ellos. Al mismo tiempo, demostró coherencia en sus compromisos y jamás exigió compromisos que él no hubiera aceptado.


                                 Reflexionemos sobre nuestra vocación en la vida. Por eso, él no dudó en incluir el episodio de Caná en los Misterios Luminosos del rosario. Todos tenemos una vocación, que es algo único que podemos realizar sólo con la providencia de Dios. María nos invita a vivir en una profunda y gozosa confianza en Cristo, sin reservas. No nos conformemos con meras especulaciones y cálculos. Es el camino a la felicidad, a la plenitud y a la santidad. Es un camino de comunión y liberación.

                En su fiat inicial, en la Anunciación, María pone de relieve que Ella es la primera entre los discípulos de Jesús y el modelo absoluto de la vocación cristiana. Después del saludo del ángel, llena de gracia, no entra en negociaciones ni en contratos pre-maternales, a la manera de los contratos pre-nupciales que se usan hoy en día. Para Ella no hay estrategias de éxito ni opciones que dejar abiertas. Ella sólo confía en el plan de Dios y emite su exquisita respuesta: “He aquí la esclava del señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38). Su perfecta  confianza se extiende más allá del tiempo, y entra en la eternidad.

En la doctrina católica, María es el primer discípulo en todos los sentidos. Ese es precisamente el significado de la «Asunción», que nos enseña que María, después de morir, en su «dormición», fue «elevada» al cielo en cuerpo y alma. La Iglesia ratificó esta enseñanza hasta 1950, con la Bula Munificentissimus Deus, del Papa Pío XII, pero la fe en el destino glorioso del alma y del cuerpo de la Madre del Señor después de su muerte ya existía; desde Oriente se difundió a Occidente con gran rapidez y se generalizó. Hay escritos de los historiadores eclesiásticos del siglo IV que se refieren a la Asunción de María como una tradición muy antigua. En el Siglo V se hablaba del Memorial de María y en el Siglo VI, los historiadores citan la Dormición. Debido a su unanimidad, la fuente no puede ser otra que los mismos apóstoles y por lo tanto, es  revelación divina, ya que la Revelación, según enseña la Iglesia, termina con la muerte de San Juan. A partir del Siglo VII, el Papa Sergio I promovió procesiones a la Basílica Santa María la Mayor el día de la Asunción, como expresión de la creencia popular en esta verdad tan gozosa. Por lo tanto, el dogma de la Asunción es liberador, ya que nos confirma la certeza de que tenemos a Nuestra Madre gloriosa en el cielo.

                San Juan Damasceno, el año 754 subraya la relación entre la participación en la Pasión y el destino glorioso: «Era necesario que aquélla que había visto a su Hijo en la Cruz y recibido en pleno corazón la espada del dolor... contemplara a ese Hijo suyo sentado a la diestra del Padre».

                En su Catequesis del 2 de Julio de 1997, el Papa Juan Pablo II nos dice: "El Nuevo Testamento, aun sin afirmar explícitamente la Asunción de María, ofrece su fundamento, porque pone muy bien de relieve la unión perfecta de la Santísima Virgen con el destino de Jesús. Esta unión, que se manifiesta ya desde la prodigiosa concepción del Salvador, en la participación de la Madre en la misión de su Hijo y, sobre todo, en su asociación al sacrificio redentor, no puede por menos de exigir una continuación después de la muerte. María, perfectamente unida a la vida y a la obra salvífica de Jesús, compartió su destino celeste en alma y cuerpo."

                Al entrar el fiat de María en la eternidad, también eleva a los humildes. La fiesta de la Asunción prueba literalmente que Dios eleva a los humildes. María es elevada a la vida eterna junto a su Hijo, mientras que nosotros seguimos atados a nuestro instinto de auto-preservación. Seguimos llenándonos de nosotros mismos con actitudes individualistas tales como: ‘Si yo no me ocupo de ser el primero, entonces ¿quién lo hará?’ Pidámosle a María que nos ayude a vivir más como Ella y a experimentar la verdadera alegría. Que nos ayude a cantar un Magnificat desde nuestras propias almas.

                Al reflexionar sobre el Magnificat, hagamos una pausa para asimilar qué significa la dispersión de los soberbios (Lc. 1, 51). Veamos qué sucede a los soberbios. Para saber quiénes son los soberbios, no hace falta mirar más allá de nosotros mismos, que tenemos que luchar constantemente con esta maliciosa raíz de todos nuestros pecados. María se pone feliz cuando la soberbia se dispersa y nuestra perspectiva se amplía. En vez de seguir viendo las cosas desde una perspectiva miope, nos abrimos a los pensamientos que guardamos en nuestros corazones para reconocer a nuestros hermanos y sus necesidades. Esa es el corazón de María.

                A las mujeres, María nos llama a no renunciar a nuestra naturaleza esencial ni a nuestra vocación. La cultura contemporánea nos quiere privar de los dones que Dios nos ha dado, reduciéndonos a objetos de una sociedad de consumo. Nos alimenta de las ‘bellotas de los puercos’, como lo deseaba el hijo pródigo, cuando no le daban nada en aquel país extraño (Lc 15, 16).  Esto se manifiesta en las modas, en la explotación sexual a la que muchas veces la mujer se somete por propio consentimiento; en el aborto, donde la mujer convierte su vientre en un sepulcro para su bebé, en vez de ser una fuente de vida; en la familia, donde también ha visto vulnerado su rol de madre y esposa; en el terreno político y social, donde ha ganado ciertos derechos que atentan contra su propia dignidad. Somos la generación que hemos obtenido más oportunidades de desarrollo humano y profesional, pero nos hemos ido alejando de Dios para ocuparnos de ‘las opciones’ de superación que nos ofrece el mundo, en vez de mirar hacia la verdad de Cristo y guardar ‘todas esas cosas en nuestro corazón’ como lo hacía María.  Desde las cenizas de los más brutales regímenes del siglo XX –entre Nazis y Comunistas- surgió la luz de santidad de Juan Pablo II, plenamente feliz y con un corazón que desbordaba de amor, como un hijo de María.  También nosotros estamos llamados a despojarnos de las cenizas de la dictadura del relativismo para vivir en la civilización del amor.

                Y nosotros…..¿Dónde estamos depositando nuestro fiat? María pronunció su fiat original al Padre, a través del ángel y el Padre lo depositó en el Hijo, para ser consumado en la Madre y el Hijo a través del Espíritu Santo. Cuando el Padre recibe todo este fiat trinitario, lo distribuye a la humanidad por medio de la Eucaristía y el Espíritu Santo. Fue una alianza sellada originalmente entre el Padre y la Madre por la mediación del Espíritu. Nosotros, al depositar nuestra confianza en las ‘opciones’ que nos presenta la sociedad moderna -que con frecuencia traiciona nuestra confianza y nos hace dudar, más que creer- nos dejamos seducir por el materialismo y nuestra cultura sólo ofrece terapias como compensación. Esta sociedad terapéutica nos ofrece un analgésico, un calmante o un soma, y nos desecha.

                Seamos discípulos de Cristo, como María, con una vocación de Madre universal. Nuestra vida está en manos de Dios y no podemos abandonarla en nuestras propias manos,  ya que no somos dioses. Hablemos de María a nuestros seres queridos y recemos el santo Rosario. Encomendémonos a Ella, en el mismo espíritu en que lo hacían San Luis Grignion de Montfort y San Juan Pablo Magno, con un gozoso ‘Totus Tuus’.  

                                                            -Yvette Camou-


                      Referencias Bibliográficas:

Biblia de Jerusalén. Desclée de Brouwer. 2008. Bilbao, España.

Cardozo, Joaquín, SJ. ‘Estudios sobre la Asunción’/Documentos Históricos sobre la Asunción. Encuentra.com

Louth, Andrew. 'St John Damascene: Tradition and Originality in Byzantine Theology (Oxford Early Christian Studies). Oxford University Press. 2005.  Pág. 73.

Monfort, St. Louis-Marie Grignion. ‘True Devotion to Mary’. Págs. 77, 79 & 123-124.  Tan Books & Publishers. Rockford, Illinois. 1985.

Reilly, Steven, LC. ‘God lifts up the Lowly’. Catholic.net.

Von Speyr, Adrienne. ‘Handmaid of the Lord’.  Págs. 15-16. Ignatius Press. 1985.

Weigel, George. ‘Witness to Hope: The Biography of John Paul II’. Págs. 60, 61, 310. Harper-Collins/Cliff Street Books. 1999.
               

                
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SAN JOSÉ CONTEMPLATIVO

         
  Es ya proverbial el silencio de san José, del cual el Evangelio no nos conserva más que una palabra: Jesús, cuando le impuso el nombre el día de la circuncisión, única palabra que abarca y supera infinitamente todas las demás palabras.
Y en este silencio, prolongado por años, vemos algo especial de la persona de San José: “Pero es un silencio que redescubre de modo especial el perfil interior de su figura. Los evangelios hablan exclusivamente de lo que José hizo, sin embargo permiten descubrir en sus acciones -ocultas por el silencio-  un clima de profunda contemplación” (RC 25)..
            El silencio de san José es un silencio eminentemente contemplativo, es una subidísima contemplación, nos dice el Papa San Juan Pablo II, es decir,  un silencio en el que Dios le enseña, dice san Juan de la Cruz, “la ciencia sabrosa que es la ciencia secreta de Dios muy sabrosa, porque es ciencia por amor, el cual es el maestro de ella y el que todo lo hace sabroso” (CE 27,5). Le enseña la ciencia del amor, la única que quería santa Teresita. En el contacto y trato silencioso y diario con Jesús y María Dios Padre le esta enseñando esta ciencia. La abundancia de amor que el Espíritu Santo  derrama  en el corazón de san José no es fácil comprenderlo. Abismos de amor se van desarrollando en él. Por eso su vida es sabrosísima en cada momento, aún en medio de los trabajos y sufrimientos que tuvo que pasar en su vida que no fueron pocos y livianos, sino bien duros, porque los vive con abismos de callado amor que hay en su corazón, que el amor es el que lo hace todo sabroso.
Las altas comunicaciones místicas, como las que experimentó santa Teresa de Jesús, y con cuánto sabor espiritual, como ella cuenta, se experimentan en el más profundo y amoroso silencio... Escribe santa Teresa: “Pasa con tanta quietud y tan sin ruido todo lo que el Señor aprovecha aquí al alma y la enseña, que me parece que es como en la edificación del templo de Salomón adonde no se había de oír ningún ruido(1Rey 6,1), así es en este templo de Dios, en esta morada suya, solo él y el alma se gozan con grandísimo silencio” (7M 3,11)… Con grandísimo silencio se gozan san José y el Espíritu Santo en la comunicación y enseñanza de esta ciencia de amor que este le va enseñando día tras día.
San Juan de la Cruz afirma su vez: “porque lo que Dios obra en este tiempo no lo alcanza el sentido, porque es en silencio, que como dice el sabio, las palabras  de la sabiduría oyense en silencio (Eclo 9,17) (Llama, 3.67).
San José está en una actitud de adoración, en una actitud de éxtasis de amor ante la belleza, la fuerza y la grandeza del Maestro que le está enseñando esta ciencia de amor, que le hace caer en un profundo silencio interior que es la alabanza de Dios.
Nadie piense que san José no habló. La vida en la casa  de Nazaret se desenvuelve con toda normalidad; los que la habitan son seres lo más normales y humanos, a pesar de estar divinizados y precisamente por eso, es una familia que dialoga, comparte con la mayor naturalidad entre sí y con las demás gentes con quienes conviven. Pero sus palabras, no solo las de san José, sino también y en un grado más elevado las de Jesús y de María,  como sus hechos  están llenos de profundidad de callado amor que les imprime su  silencio que es intimidad amorosa con Dios Amor. De este profundo silencio, de este profundo callado amor nacen las palabras pletóricas de vida y sabor –las palabras de Cristo son espíritu y vida-  y las obras admirables y elocuentes más que las palabras.
San José no habló, pero hizo; su hacer desde los abismos de amor que envuelven su corazón es la mayor y mejor alabanza de su silencio interior, de esa intimidad intimísima con Dios Amor.
El contemplativo verdadero, que es san José, todo lo que hace lo hace desde el callado amor que le llena y desborda el corazón. Su vida es purísimo amor a Dios Padre a su amadísimo Hijo Jesucristo y a su amantísima esposa la Virgen María y a todos los hombres. Aprendamos a dejarnos llenar de la ciencia del amor, cultivando un silencio de intimidad con Dios Padre y Amor.


                                               P. RománLlamas,ocd  
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  Es ya proverbial el silencio de san José, del cual el Evangelio no nos conserva más que una palabra: Jesús, cuando le impuso el nombre el día de la circuncisión, única palabra que abarca y supera infinitamente todas las demás palabras.
Y en este silencio, prolongado por años, vemos algo especial de la persona de San José: “Pero es un silencio que redescubre de modo especial el perfil interior de su figura. Los evangelios hablan exclusivamente de lo que José hizo, sin embargo permiten descubrir en sus acciones -ocultas por el silencio-  un clima de profunda contemplación” (RC 25)..
            El silencio de san José es un silencio eminentemente contemplativo, es una subidísima contemplación, nos dice el Papa San Juan Pablo II, es decir,  un silencio en el que Dios le enseña, dice san Juan de la Cruz, “la ciencia sabrosa que es la ciencia secreta de Dios muy sabrosa, porque es ciencia por amor, el cual es el maestro de ella y el que todo lo hace sabroso” (CE 27,5). Le enseña la ciencia del amor, la única que quería santa Teresita. En el contacto y trato silencioso y diario con Jesús y María Dios Padre le esta enseñando esta ciencia. La abundancia de amor que el Espíritu Santo  derrama  en el corazón de san José no es fácil comprenderlo. Abismos de amor se van desarrollando en él. Por eso su vida es sabrosísima en cada momento, aún en medio de los trabajos y sufrimientos que tuvo que pasar en su vida que no fueron pocos y livianos, sino bien duros, porque los vive con abismos de callado amor que hay en su corazón, que el amor es el que lo hace todo sabroso.
Las altas comunicaciones místicas, como las que experimentó santa Teresa de Jesús, y con cuánto sabor espiritual, como ella cuenta, se experimentan en el más profundo y amoroso silencio... Escribe santa Teresa: “Pasa con tanta quietud y tan sin ruido todo lo que el Señor aprovecha aquí al alma y la enseña, que me parece que es como en la edificación del templo de Salomón adonde no se había de oír ningún ruido(1Rey 6,1), así es en este templo de Dios, en esta morada suya, solo él y el alma se gozan con grandísimo silencio” (7M 3,11)… Con grandísimo silencio se gozan san José y el Espíritu Santo en la comunicación y enseñanza de esta ciencia de amor que este le va enseñando día tras día.
San Juan de la Cruz afirma su vez: “porque lo que Dios obra en este tiempo no lo alcanza el sentido, porque es en silencio, que como dice el sabio, las palabras  de la sabiduría oyense en silencio (Eclo 9,17) (Llama, 3.67).
San José está en una actitud de adoración, en una actitud de éxtasis de amor ante la belleza, la fuerza y la grandeza del Maestro que le está enseñando esta ciencia de amor, que le hace caer en un profundo silencio interior que es la alabanza de Dios.
Nadie piense que san José no habló. La vida en la casa  de Nazaret se desenvuelve con toda normalidad; los que la habitan son seres lo más normales y humanos, a pesar de estar divinizados y precisamente por eso, es una familia que dialoga, comparte con la mayor naturalidad entre sí y con las demás gentes con quienes conviven. Pero sus palabras, no solo las de san José, sino también y en un grado más elevado las de Jesús y de María,  como sus hechos  están llenos de profundidad de callado amor que les imprime su  silencio que es intimidad amorosa con Dios Amor. De este profundo silencio, de este profundo callado amor nacen las palabras pletóricas de vida y sabor –las palabras de Cristo son espíritu y vida-  y las obras admirables y elocuentes más que las palabras.
San José no habló, pero hizo; su hacer desde los abismos de amor que envuelven su corazón es la mayor y mejor alabanza de su silencio interior, de esa intimidad intimísima con Dios Amor.
El contemplativo verdadero, que es san José, todo lo que hace lo hace desde el callado amor que le llena y desborda el corazón. Su vida es purísimo amor a Dios Padre a su amadísimo Hijo Jesucristo y a su amantísima esposa la Virgen María y a todos los hombres. Aprendamos a dejarnos llenar de la ciencia del amor, cultivando un silencio de intimidad con Dios Padre y Amor.


                                               P. RománLlamas,ocd  
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